Hoy el Evangelio nos recuerda algo esencial: ninguna puerta es demasiado fuerte para impedir la entrada de Dios. Ni el miedo, ni la culpa, ni el pasado y ni las heridas. Cristo sigue entrando donde nadie más puede entrar. Sigue trayendo paz donde todo parece roto. Y sigue transformando personas asustadas en personas capaces de volver a vivir. Porque cuando Él entra en una vida, el miedo ya no tiene la última palabra.



