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Pentecostés 24 de mayo de 2026 – Juan 20, 19-23

Hay una frase del Evangelio de hoy que parece pequeña, pero describe perfectamente cómo viven muchas personas: “Los discípulos estaban con las puertas cerradas por miedo”. No estaban en una fiesta. No estaban llenos de esperanza. Estaban escondidos. Paralizados. Heridos. Con culpa, con decepción y con temor al futuro.

Y quizá eso también nos pasa a nosotros. Hay personas que viven con las puertas cerradas del corazón. Después de una traición, de una pérdida, de un fracaso y de cansarse de luchar; nos cerramos para no sufrir más, cerramos la confianza, cerramos la alegría y cerramos la fe.

Pero el Evangelio tiene algo impresionante: Jesús no espera a que las puertas se abran para entrar. Él entra aun cuando todo está bloqueado. Entra en medio del miedo, en medio del caos, en medio de la oscuridad interior; y lo primero que dice no es un reclamo, no les recuerda que huyeron, no les reprocha que lo abandonaron.

Lo primero que les regala es paz: “La paz esté con ustedes.” Porque cuando Dios llega de verdad a una vida, no llega para destruirla, sino para reconstruirla desde dentro. Muchas veces creemos que la paz vendrá cuando desaparezcan los problemas. Pero el Evangelio muestra otra cosa: la paz de Cristo no depende de que afuera todo esté bien; nace de saber que Él está presente incluso en medio de la tormenta.

Después, Jesús les muestra las heridas de sus manos y de su costado. Y esto es profundamente humano y poderoso. Resucitado, sí. Glorioso, sí. Pero con heridas. Como diciendo: las heridas no desaparecen mágicamente; pueden transformarse en señales de amor y de victoria.

Hay heridas que uno quisiera borrar: palabras que dolieron, errores del pasado, cicatrices emocionales, momentos que marcaron la vida. Pero Dios puede hacer algo increíble: convertir aquello que parecía derrota en un lugar desde donde nace una nueva Misión. Y luego sucede algo todavía más fuerte. Jesús sopla sobre ellos y les dice:
“Reciban el Espíritu Santo.” Ese soplo recuerda el momento de la creación, cuando Dios dio vida al ser humano. Es como si Jesús estuviera creando nuevamente a aquellos hombres y mujeres destruidos por el miedo. Porque el Espíritu Santo hace exactamente eso: levanta lo que estaba caído, enciende lo que se había apagado y devuelve esperanza donde parecía que todo había terminado.

El miedo encerró a los discípulos. El Espíritu los convirtió en testigos. Y ahí está el gran mensaje del Evangelio: quien se encuentra verdaderamente con Cristo no puede quedarse encerrado para siempre.

Hay demasiadas personas sobreviviendo sin paz, sonriendo por fuera pero vacías por dentro. Personas cansadas, confundidas, heridas. Y quizá el problema es que han dejado las puertas cerradas demasiado tiempo. Hoy el Evangelio nos recuerda algo esencial: ninguna puerta es demasiado fuerte para impedir la entrada de Dios. Ni el miedo, ni la culpa, ni el pasado y ni las heridas. Cristo sigue entrando donde nadie más puede entrar. Sigue trayendo paz donde todo parece roto. Y sigue transformando personas asustadas en personas capaces de volver a vivir. Porque cuando Él entra en una vida, el miedo ya no tiene la última palabra.

Carlos Herrera Cano, SJ

Sacerdote jesuita, guatemalteco, de la provincia de Centroamérica. Maestría en teología latinoamericana, UCA, El Salvador. Comparto con Jon Sobrino, S.J., que "fuera de los pobres no hay salvación", las masas empobrecidas son un lugar de encuentro con el Señor.