En este relato, Carlos Ben Kei Chin comparte cómo el Mochilazo Vocacional jesuita por las montañas de Yoro fue más que una caminata: un encuentro vivo con la fe, la gente y consigo mismo. Entre subidas, cansancio y comunidad, descubre que el camino transforma, enseña a disfrutar cada paso y confirma que nadie camina solo.
Por Carlos Ben Kei Chin
En diciembre de 2025 me decidí a participar en mi primer mochilazo jesuita que se realizó en el departamento de Yoro, Honduras. Esta es parte de mi experiencia vivida en esa semana de recorrido.
Antes de iniciar, debo confesar que la expectativa del viaje era alta pero nunca imaginé la posibilidad de transformación que ofrece una experiencia comunitaria como esta.
El grupo de siete compañeros, sabíamos que desde el instante en que nos pusimos la mochila al hombro, esas caminatas nos iban a mover tanto por fuera como por dentro.
Definir el rumbo
El punto de partida fue El Salvador y luego de viajar por automóvil durante 7 horas llegamos a El Progreso, uno de los municipios del departamento de Yoro, en Honduras donde conocimos a los hermanos del Instituto San José, una obra vinculada a los jesuitas. Allí pasamos la noche en espera del alba que sería la señal para comenzar el mochilazo.
Finalmente salimos a media mañana rumbo a las comunidades ubicadas en las montañas de Yoro, acompañados de una lluvia ligera y una mezcla de nervios e ilusiones en el aire. Cada kilómetro que recorríamos nos mostraba un país lleno de contrastes: bosques de pinos que parecían no tener fin, montañas envueltas en niebla, ríos que durante el invierno se transforman en caudalosos cuerpos de agua y lo más importantes comunidades llenas de vida. Honduras nos recibió con un corazón gigante pese a la complejidad que enfrenta día a día.

A lo largo del camino, visitamos aldeas y comunidades que el mapa del político de turno dejó de lado, pobladores que, no pocas veces, han sido víctimas de la violencia por parte de grupos criminales y familias que han visto migrar a sus hijos siguiendo la ilusión de un mejor futuro en Estados Unidos pero ni toda esa problemática social era capaz de eclipsar el ánimo ni la esperanza en sus corazones. ¿Cuál era el secreto para conservar esa jovialidad y ese optimismo en estos parajes tan lejanos? La pregunta nos la hacíamos en voz bajada entre los compañeros de camino y la respuesta la recibimos a viva voz de parte de Doña Chusita, la coordinadora de los delegados de la palabra en Ocotal, “Aquí lo que no se debe perder es el rumbo, saber hacía donde vamos, poner manos a la obra y confiar en Dios”, aclara la servidora de la palabra, que contra todo pronóstico, organiza y articula un grupo de al menos 12 delegados que atienden espiritualmente a las aldeas más distantes de esta parte de la cordillera Nombre de Dios.
Disfrutar el camino
El corazón del mochilazo es caminar con los compañeros, llegar a pie a las comunidades más distantes, vencer las pendientes más pronunciadas y tratar de no quedar varados en algún montículo de barro.
Durante varios días, caminamos junto a familias campesinas que tenían que recorrer hasta 2 horas para participar en la misa en la comunidad más cercana. A veces la voluntad se debilitaba pensando en las horas que faltaban para llegar al siguiente punto del recorrido. La iglesia en la aldea Sinaí se localizaba en uno de los puntos más altos de la montaña y aún nos faltaba un tramo para llegar a ese punto.. La misa estaba programada para las 5pm y sol comenzaba a ocultarse, fue allí cuando la desesperación comenzó a hacer presa del grupo.
La tranquilidad llegó de la mano de Don Manuel, delegado de la palabra en Sinaí, que nos recordó las jornadas que muchos de ellos realizan diariamente por esas veredas. “Aquí a veces hacemos de 4 a 5 horas de camino por toda la montaña para llegar a nuestras casas y cuando el río se desborda a veces nos toca el doble de tiempo. Nuestras casas allí van a estar, lo que mejor podemos hacer es disfrutar del paisaje, cortar alguna fruta que encontremos en el camino y escuchar lo que nos platica el bosque”, explicó con una pequeña sonrisa.
Cada momento era una oportunidad para contemplar todo lo que teníamos alrededor, a veces eso se nos olvida cuando solo nos enfocamos en alcanzar la meta. No pude evitar reflexionar sobre algo que llevaba aplicando durante mis 17 años de vida profesional como periodista, aquella máxima de medir todo en función de los objetivos finales. Siempre se me decía que el tiempo perdido “hasta los santos lo lloran”.
¿Cuánto tiempo perdemos en preocuparnos por algo que no ha llegado y dejamos de lado el disfrute y goce de lo que estamos viviendo en el presente? Si doña Chusita nos recomendaba tener un rumbo definido, don Manuel nos advertía que sólo mantendremos el ritmo en nuestro caminar si reconocemos el valor de disfrutar de las cosas que son parte de ese camino.
Esa tarde llegamos a la iglesia de la aldea Sinaí, los padres jesuitas que nos acompañaban celebraron Misa, entonamos cantos que ensayamos en la caminata para luego terminar el día contando historias de la localidad. Ya sin ser presa del reloj y del calendario. Mindfulness le llaman los terapeutas, en las montañas de Yoro le llaman hacer camino.

No estamos solos
No faltaron los momentos difíciles durante el viaje, desde el cansancio físico, la indisposición a algunos alimentos hasta los efectos por la falta de sueño reparador. Hay que reconocer que hubo momentos de debilidad en el camino, sobre todo cuando la mente se llena de dudas, cuando nos enfocamos en nuestras limitaciones o nos gana el temor de haber hecho mala elección al momento de participar en el mochilazo.
Y nada puede evitar que cualquier travesía tenga sus momentos amargos pero en un viaje donde hemos visto la fe encarnada, confrontada por la realidad y traducida en decisiones solidarias, estos malos momentos se sienten como los menos.
Las oraciones en grupo al finalizar el día, las reflexiones biblicas de las mañanas, no solo nos enseñaban una forma de orar en concreto lejos de una espiritualidad abstracta, también nos daba la oportunidad para conectar con el resto de los hermanos reconociendo en ellos muchas de las debilidades que uno también experimentaba durante el viaje, haciendo que cada faena fuera más llevadera.
El mochilazo nos enseñó que la fe no se trata solo de frases hechas; se vive a través de pequeñas acciones, en la escucha atenta que nos confirma que no estamos solos en la búsqueda de la verdad y en el profundo respeto hacia cada persona que encontramos en el camino.

El mochilazo jesuita fue un llamado a ser compañeros de ruta, no solo durante unos días en Honduras, sino cada día de nuestra vida. Ahora me hace más sentido aquella frase bíblica: “Ven y verás” palabras poderosas que nos invitan a experimentar la fe de primera mano, en lugar de solo escucharla. Para mí, echarme la mochila al hombro fue una experiencia de descubrimiento personal, del amor de Dios y de los planes que el Señor tiene para cada uno de nosotros.
Te invito a que también tú te animes a venir al próximo mochilazo
¡Que no te lo cuenten, ven y míralo por ti mismo!
Fotos: P. Martín García, S.J.





