A partir de encuentros con las comunidades de la parroquia La Natividad de la Virgen María, en Santa María Chiquimula, Totonicapán, Carlos Ben Kei Chin reflexiona sobre el papel de las comunidades parroquiales en la formación ciudadana y el discernimiento político como contribución para superar la apatía política, fomentar el diálogo en tiempos electorales y promover una participación comprometida con la dignidad humana y el bien común.
¡Alto! Antes de que pienses que estoy cruzando una línea roja e irrespetando la separación de Iglesia y Estado, quiero compartir la experiencia vivida durante varios encuentros con distintas comunidades parroquiales que conscientes de la realidad que vivimos, alzan su mirada al cielo y preguntan ¿Hacía dónde debemos los cristianos trazar el camino en la construcción de una sociedad más justa?
A esta cuestión, la Doctrina Social de la Iglesia ofrece principios para promover una participación ciudadana responsable, superar la indiferencia política y convertir las comunidades parroquiales en espacios de diálogo, especialmente en tiempos electorales.
Durante estas jornadas de formación sobre la realidad nacional y la participación ciudadana en varios grupos parroquiales, surgía una pregunta que se volvió recurrente y que al mismo tiempo obliga a reflexionar sobre la relación entre la fe y la política: ¿Por qué existe tanta apatía frente a la participación política? En las intervenciones de algunos participantes relacionaron esa indiferencia con la corrupción y la desconfianza hacia las autoridades. Sin dejar de lado la preocupación por la instrumentalización partidista de espacios religiosos y el riesgo que supone una fe manipulada por intereses políticos.
La inquietud no era menor. ¿Cómo promover la participación ciudadana sin convertir a la Iglesia en una plataforma de promoción partidista?, ¿Cómo animar a la participación en la vida pública cuando la política se percibe como un espacio desacreditado?
En octubre de este año tuve la oportunidad de visitar la comunidad de Santa María Chiquimula, Totonicapán, allí compartí con varios directores de proyectos y obras de la Compañía de Jesús que tienen presencia en diferentes departamentos en el occidente del país. En ese espacio surgió otra pregunta que complementa aquella reflexión: ¿Cómo puede la Iglesia ser un espacio de diálogo y no de división durante una época electoral?
Ambas preguntas, planteadas en distintos lugares, presentan un desafío común: comprender que la misión de la Iglesia en la vida pública no consiste en sustituir la conciencia de los ciudadanos ni en orientar sus preferencias partidarias, sino en contribuir a formar personas capaces de participar responsablemente en la construcción del bien común.
Una Iglesia que forma conciencias, no preferencias partidistas
La Doctrina Social de la Iglesia nos ofrece principios fundamentales para comprender esta responsabilidad. La dignidad humana, el bien común, la solidaridad, la subsidiaridad y la participación permiten analizar la realidad política desde una perspectiva ética que pone en el centro a las personas y sus condiciones de vida.
Desde este punto de vista, la formación social en las comunidades parroquiales no debería tener como fin indicar a los fieles por quién votar. Su propósito es facilitar herramientas para examinar las propuestas de quienes aspiran a un puesto de elección, comprender el funcionamiento de las instituciones, discernir los hechos de las opiniones y evaluar las consecuencias de las decisiones públicas.
La Iglesia está llamada a formar conciencias, no a reemplazarlas. Esto exige reconocer la libertad y la responsabilidad de los laicos, quienes, desde su propia formación y experiencia, están especialmente llamados a participar en la vida social, económica y política. La formación cristiana puede ofrecer criterios éticos para este compromiso, pero no elimina la necesidad del análisis, la deliberación ni el juicio personal.
Mi experiencia como periodista en temas políticos y sociales me ha permitido acercarme a los acontecimientos nacionales desde la búsqueda de sus causas, la identificación de los actores clave y el examen de las consecuencias de sus decisiones. Llevar algunas de estas herramientas a los espacios parroquiales representa una oportunidad para vincular la comprensión de la realidad con la formación de la conciencia cristiana.
No se trata de trasladar las disputas partidarias al templo, sino de abrir espacios donde las personas puedan comprender mejor su entorno, expresar sus inquietudes y descubrir que la participación ciudadana también es una responsabilidad comunitaria.
Dialogar en tiempos de polarización
La cuestión planteada en Santa María Chiquimula permite profundizar en un aspecto fundamental de la vida democrática: la capacidad de convivir con quienes piensan de manera diferente.
En tiempo electoral las diferencias se intensifican, se alimenta la desconfianza y las confrontaciones políticas se trasladan a las familias, a los círculos de amigos y a las comunidades. Cuando las preferencias partidistas se convierten en criterios únicos para juzgar la dignidad o las intenciones de los demás, el diálogo pierde su sentido y la política deja de ser un espacio de deliberación para convertirse en un campo de batalla.
Ante esta realidad, la parroquia puede ofrecer algo especialmente valioso: un espacio donde las personas sean capaces de escucharse sin que sus diferencias políticas anulen aquellos vínculos que las unen.
Aclaro, esto no significa evitar los temas difíciles ni fingir que todas las posiciones son igualmente acertadas. Significa crear condiciones para discutir con argumentos, reconocer los hechos, cuestionar las injusticias y respetar la dignidad de quienes sostienen opiniones distintas.
Crear espacios de diálogo no significa renunciar a la actitud profética de las comunidades parroquiales cuando señalan el actuar de sus autoridades locales o denuncian hechos de corrupción.
Una comunidad cristiana puede promover este diálogo cuando rechaza utilizar su autoridad pastoral para favorecer intereses partidarios y, en cambio, ofrece criterios para evaluar las propuestas políticas desde la dignidad humana, la justicia y la solidaridad.
La unidad de una comunidad parroquial no exige uniformidad de pensamiento. Los ciudadanos pueden tener preferencias electorales distintas y compartir, al mismo tiempo, la preocupación por la educación, la seguridad, la salud, las oportunidades para los jóvenes y el bienestar de sus municipios.
Reconocer esos puntos en común es el primer paso para recuperar la política como una actividad orientada a resolver los problemas de la sociedad. Como nos recordaba el Papa Francisco cuando afirmaba que “La política es una de las formas más elevadas de la caridad, porque sirve al bien común”.



