La reciente cancelación del TPS para hondureños y nicaragüenses no es solo una decisión migratoria: es un espejo. Un espejo que refleja la fragilidad de nuestras esperanzas puestas en el norte y el abandono sistemático de nuestras raíces. Nos fuerza a mirar con honestidad brutal lo que la migración ha significado: una salida, sí; pero también una renuncia. Este texto no busca consuelo, sino claridad. Porque mientras soñamos con la salvación allá, nos están vaciando aquí. Y quizás —aunque duela— este sea el momento de preguntarnos si queremos seguir huyendo… o si por fin nos atrevemos a quedarnos y a luchar por lo que es nuestro.
Hay algo de humillante en que te echen de una casa a la que nunca te invitaron. Pero más humillante aún es que te duela. Como si uno se creyera que de verdad tenía derecho a estar ahí. Como si en algún momento se nos hubiera olvidado que esa casa —Estados Unidos— nunca fue nuestra, que nos dejaban pasar mientras les servíamos, mientras hacíamos los trabajos que nadie quería, mientras enviábamos dinero a nuestros países sin molestar demasiado. Y ahora, cuando deciden cerrarnos la puerta, hacemos como si no lo hubiéramos visto venir.
Nos indigna —con razón— la expulsión, la cancelación de papeles, la burla de las promesas. Pero lo que no nos atrevemos a decir es que quizás esta bofetada nos sirva para despertar. Porque llevamos décadas dormidos, soñando con un país que no es el nuestro, con un modo de vida que no es el nuestro, con una cultura que nos desarma: nos hace querer lo que no tenemos, despreciar lo que sí, avergonzarnos de nuestros acentos, nuestras comidas, nuestras ropas, nuestras casas de block sin repello.
La migración ha sido, para muchos, cuestión de sobrevivencia. Y para otros, un gran negocio. Los que se fueron sostienen, sin saberlo, a los que aquí venden. Cada dólar que llega en remesas termina en manos de los mismos: las empresas de telecomunicaciones que cobran por las llamadas a mamá, los bancos que cobran por convertirlo a lempiras, córdobas o quetzales, las tiendas de comida rápida que llenan los estómagos y vacían los cuerpos, las cementeras que venden promesas de casa propia. El dinero circula, sí, pero siempre regresa a los de siempre.
Y también están los temas que se esconden. Como la historia de aquella niña en una aldea de Honduras que celebró sus quince años con vestido, luces y salón gracias a los dólares que su padre mandó desde el norte. Todo era perfecto: la música, el pastel, el vals. Hasta que en pleno baile, en lugar de sonreír, la niña se desplomó en llanto. Porque en el centro de todo ese escenario había un vacío que nadie podía llenar. Ella —si pudiera— cambiaría toda esa parafernalia por un solo abrazo de su papá.
O la historia de la esposa que, después de años de recibir remesas, logró levantar su casa: paredes firmes, techo de lámina nueva, piso de cerámica. Lo había esperado tanto. Pero cuando él regresó, algo no encajaba. Él ya no era el mismo. Ni ella. El tiempo y la distancia no habían sido solo geográficos: algo se había roto, algo que ninguna remesa había podido mantener vivo.
Y los otros. Tantos que cuando vuelven, no vuelven del todo. Ya no son de aquí, pero tampoco son de allá. Viven partidos: entre la nostalgia de la abundancia y la austeridad de la vida. Hablan otro idioma, piensan en dólares, se incomodan con la sencillez, pero también con el vacío del consumo. Caminan como fantasmas en sus propias casas, sin saber dónde encajan.
Y mientras tanto, las familias rotas. Niños que crecen viendo la cara de sus padres por un celular. Mujeres que envejecen criando solas. Abuelos que ya no conocen a sus nietos. Y barrios donde la ausencia se convierte en violencia, donde la orfandad se llena con pandillas, con armas, con miedo.
¿Más temas incómodos? Las organizaciones que defienden derechos de los migrantes —y qué bueno que existan—, pero no podemos negar que muchas navegan sobre la tentación de captar recursos, ocupar espacios, construir carreras y reputaciones a partir del dolor de la migración. Con buenas intenciones, sí. Pero dentro del mismo sistema. Y cuando ayudar se convierte en un modo de sostenerse, la frontera entre la solidaridad y la estrategia se vuelve borrosa. Nadie quiere hablar de eso. Pero ahí está.
Quizás ha llegado el momento de no seguir huyendo. De dejar de vivir pendientes del norte, como si todo lo que somos dependiera de lo que ellos decidan. Nos enseñaron que la salvación estaba allá: en los dólares, en los malls, en las casas con garaje, en las fotos frente a la nieve. Y nos lo creímos. Tanto, que nos fuimos vaciando por dentro.
Pero hay algo que pasa cuando ya no hay adónde ir. Cuando te echan, cuando te quitan el permiso, cuando te cortan el sueño, lo que queda es volver a mirar alrededor. Y entonces uno empieza a ver cosas que antes no veía. La tierra que está ahí, esperando. La comida que no viene en cajas. El agua que corre. El vecino que saluda. La abuela que aún cuenta historias. El fuego lento, la tortilla con sal, el cielo abierto. Y todo eso que habíamos aprendido a considerar como “pobreza” empieza a parecer otra cosa: tal vez vida.
No será fácil. Tal vez era más fácil irse – y si llegabas – enviar dólares, comprar el plasma, ponerle cerámica a la casa. Lo difícil es quedarse. Y quedarse sin disfraz. No con el orgullo de quien no pudo irse, sino con la dignidad de quien decide vivir distinto. Menos cómodo, quizás. Pero más nuestro. Con menos lujos, pero con menos miedo. Más cerca de la tierra. Más cerca de la gente. Más cerca de uno mismo.
Definitivamente aquí no será fácil. Ni nos hagamos ilusiones. Aquí nos esperan gobiernos autoritarios, corruptos hasta la médula, protegidos por pactos de impunidad. Aquí hay megaproyectos que venden el futuro por migajas: minería que envenena el agua, hidroeléctricas que se tragan los ríos, agroindustrias que secan la tierra. Mientras estábamos allá, trabajando, soñando, mandando dinero, aquí nos desangraban con sus concesiones, sus pactos a puerta cerrada, sus leyes hechas a la medida. Y las pandillas, como fruto de todo ese abandono, hicieron lo suyo.
Pero esta sí es nuestra batalla. Aquí sí. Porque esto sí es nuestro. Esta tierra, esta comunidad, esta gente. Aquí tenemos derecho a luchar. Aquí podemos decidir qué vida vale la pena vivir. Estas son nuestras luchas: no las que se libran en cortes migratorias extranjeras, sino las que se dan en asambleas comunales, en pasajes sin agua potable, en barrios donde las mujeres se organizan, en comunidades que defienden el bosque. Aquí se juega nuestro futuro. Esta tierra puede ser dura, pero es nuestra. No tenemos que pedirle permiso a nadie para defenderla.
No se trata de heroísmo. Se trata de cansancio. O tal vez, de simple dignidad. De estar hartos de mendigar permiso, de esperar limosnas, de vivir partidos. Es tiempo de imaginar otro camino. Uno que no pase por migración. Que pase por los patios, por las milpas, por los encuentros. Uno donde el éxito no se mida en dólares, sino en abrazos que no tienen que cruzar fronteras.
Quizás esto —esto que parece un desastre— es también una posibilidad. No pedida, no deseada, pero real. Como casi todo lo que vale la pena.





