- XV Tiempo Ordinario – Ciclo C. Domingo 13 de julio de 2025
- Lc. 10, 25 – 37
La pregunta del letrado del Evangelio de hoy nos la hacemos muchas veces: «¿Qué tenemos que hacer para ser buenos cristianos, para que la vida merezca la pena?»
Podría decirse que la parábola del «buen samaritano» expresa por excelencia lo que significa ser verdaderamente hermano, prójimo de quienes encontramos en la vida. El samaritano es una persona que ve en su camino a quien está herido, se acerca, reacciona con misericordia y le ayuda en lo que puede. Jesús viene a decirnos que la única manera de ser humano es: actuar con entrañas de misericordia. Por el contrario, «dar un rodeo» ante quien sufre —como el sacerdote y el levita— es vivir deshumanizado.
Lamentablemente, hay hombres y mujeres, como el sacerdote y el levita, que corren cada uno a sus ocupaciones, se agitan tras sus propios intereses y gritan cada uno sus propias reivindicaciones. Necesitamos caminar por la vida con los ojos y el corazón bien abiertos para detenerse ante quien puede necesitar nuestra ayuda.
El relato es típico de la literatura oriental, pero los personajes implicados lo convierten en provocador. Para el sacerdote y el levita, lo primero era Dios y la Ley. Para el samaritano, lo primero era la persona, es decir, que el hereje, el idólatra, el impuro, el odiado precisamente por no ser religioso, no está sujeto a normas externas, sino que, lleva bondad en el corazón.
La misericordia es el principio fundamental del modo de proceder de Dios, y lo que configuró toda la vida, la misión y el destino de Jesús. Ante el sufrimiento, la misericordia debe ser lo primero y lo último, el criterio de discernimiento y elección que guíe nuestro modo de ser y estar en este mundo.
Lucas ha puesto la parábola del buen samaritano a continuación del discurso de misión para que el discípulo no se vaya por las ramas. El Reino consiste en la revelación del amor misericordioso de Dios. La misión, en consecuencia, consiste en amar gratuitamente, es decir, el amor totalmente desinteresado. ¿Qué te dice a ti esta invitación a la misión?
La fe verdadera, la iglesia que quería Jesús es, ante todo, una iglesia que actúa como Jesús. Y una Iglesia que se parece a Jesús tendrá que ser necesariamente una «Iglesia samaritana», que reacciona ante el sufrimiento de las gentes con misericordia, pero cuidando en no caer en «paternalismos». Lo primero que se le pide hoy a la Iglesia es que sea buena, que tenga entrañas de misericordia, que no discrimine a nadie, que no dé rodeos ante los que sufren, que ayude a quienes padecen heridas físicas, morales o espirituales; una «tienda de campaña» como decía el Papa Francisco.
Lo que Jesús enseñó al doctor de la ley y, a nosotros, no es a cumplir preceptos, sino a vivir desde el amor desinteresado, compasivo y solidario.
Y tú, ¿vives así tu vida cristiana?, ¿qué te falta para comenzar?
P. Erick Hernández, S.J.





