Skip to main content

P. Francisco Díaz, S.J., nos comparte el siguiente texto sobre la memoria y el testimonio de los mártires de la UCA en ocasión del reciente aniversario de su asesinato.

Les dispersaron las ideas.

Les quebraron las piernas que recorrieron veredas y cañadas, desde San Salvador hasta Chalate y Jayaque.

Les destrozaron las manos que escribían y firmaban pronunciamientos ante las atrocidades, manos que eran puestas en la Eucaristía como única fuente de protección ante el odio y el dolor.

Les apagaron los ojos que les permitían ver la realidad y el sufrimiento que en ella había.

Les silenciaron la voz con disparos estruendosos, voz cuyas palabras eran proclamadas en plazas y aulas.

Nos obligaron a recordar cada 16 de noviembre que están ausentes, una ausencia que evoca que la justicia y la verdad que conlleva el Reino de Dios traen sus consecuencias.

Nos quitaron, con mentiras y engaños, la oportunidad de conversar con ellos y escuchar sus propuestas sobre cómo hacer de nuestro país un lugar más justo, fruto de la paz verdadera.

En ocasiones lamento no haberles conocido, pues me hubiese gustado platicar y reír un momento con Elba y Celina; tocar guitarra con Baró; platicar sobre Fe y Alegría con Lolo; recibir ejercicios espirituales de Juan Ramón Moreno; escuchar a Segundo Montes hablar sobre derechos humanos; jugar fútbol con Amando López y recibir clases de Filosofía con Ellacuría.

Pero no justifico con tristeza lo que les pasó, pues si a alguien estorbaban, quiere decir que sus palabras y acciones eran valientes y apegadas a la realidad. Y cómo no serlo, si habían conocido y llevado en hombros el cuerpo asesinado de San Óscar Arnulfo Romero, cuya voz en las misas únicas era la mejor defensa de los pobres y menesterosos.

Los culpables de tan vil y cobarde asesinato deben entender que abrieron en nuestros corazones el deseo inquebrantable de situar la defensa y dignidad del ser humano como lo más importante; y que, a pesar de nuestras debilidades y mediocridades humanas, pondremos a nuestros mártires como nuestro trofeo glorificado.

Hoy nuevamente les recordamos, y gritaremos con convicción: ¡PRESENTES! cuando veamos sus rostros en la procesión de los farolitos.