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¿Qué hace que una vida deje huella para siempre? Este texto de Víctor Portillo, S.J., recorre más sobre el legado de San Óscar Arnulfo Romero, y cómo su ejemplo despertó una vocación y sigue animando a vivir con pasión y entrega.

Por Víctor Portillo, S.J.

Monseñor Romero: nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, en San Miguel, asesinado el 24 de marzo de 1980. Su funeral fue el 30 de marzo. Fiel a Dios, fiel a la Iglesia, fiel a los pobres y fiel a su conciencia (P. Melo, 2026). Cuando se habla de Romero, es inevitable no pensar en las palabras de Luis Espinal sj:

Gastar la vida es trabajar por los demás, aunque no paguen; hacer un favor al que no va a devolver; gastar la vida es lanzarse aún al fracaso, si hace falta, sin falsas prudencias; es quemar las naves en bien del prójimo. Somos antorchas que solo tenemos sentido cuando nos quemamos; solamente entonces seremos luz (s.f.).

Por ello puedo comenzar esta reflexión diciendo que considero a Monseñor Romero como el ideal de un modo de proceder, la esencia de mi vocación, lo que sustenta y anima mi modo de vivir como jesuita. El profeta y mártir salvadoreño marcó mi vida en una etapa crucial de mi existencia: la adolescencia. Dado que es el momento en que te haces las preguntas fundantes; es cuando buscas lo que vale la pena; es cuando sopesas cuáles podrán ser tus mayores conquistas. Cuando eliges qué sendero seguirás, para realizar tu vida plenamente en ello.

La vida de Romero; su ministerio, su entrega franca y total a los más desposeídos de este mundo: eso fue lo que me conmovió las entrañas y me animó a aventurarme más allá de lo convencional. Fue el primer chispazo.

Pero también quisiera mencionar a otros héroes personales que de cuando en cuando recuerdo; estos son: Mahatma Gandhi, Madre Teresa de Calcuta y Martin Luther King, que también marcaron mi vida, pues considero que Dios también me habló por medio de sus vidas y de sus testimonios encarnados en las realidades de los descartados por los que trabajaron. En ese sentido, fui descubriendo que Romero fue un gran apasionado por su misión y por su pueblo. Así también como jesuita estoy llamado a ser un hombre apasionado por lo que hago, darme sin reservas, no quedarme nada para mí, entregarme por entero hasta que duela, sabiendo que todo pertenece al Creador.

Para terminar, podría narrar otro de mis encuentros con la vida de Romero, el cual fue en el mes de Ejercicios Espirituales, específicamente en el momento de la elección, dado que me volví a plantear algunas preguntas como: ¿Qué será aquello por lo que vale la pena dar la vida? ¿Existe otra misión más noble que tener una familia? ¿Cuál es el sustento del llamado Dios? … y mientras meditaba en la vida de El Profeta fue que entendí que: “sentir con la iglesia”, “dar la vida por una causa noble” y “construir el Reino de los cielos junto a los anawin de este mundo” era lo que quería seguir haciendo por el resto de mi vida, así como lo deseó y vivió fielmente Monseñor Romero.