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Entre guerras, crisis y un mundo que parece no dar tregua, la historia de Pablo Miki suena más actual que nunca. Este texto de Juan Pablo Batzín, S.J., nos conecta con Pablo Miki, un testigo valiente del siglo XVI que, en medio de la persecución, eligió vivir su fe sin miedo — una inspiración potente para quienes hoy buscan creer, resistir y anunciar esperanza en tiempos difíciles.

Guerras, persecuciones, incertidumbre, sospechas falsas, invasiones, asesinatos, uso imperativo del poder, inestabilidad política, hates innecesarios… cualquiera pudiera pensar que estoy escribiendo un bosquejo de la realidad global en la que nos encontramos. Sí, este bosquejo encaja en nuestra realidad; aunque también encaja en un panorama del siglo XVI, pero en Japón. 

En este panorama nace en Kioto, Pauro, パウロ三木, conocido como Pablo Miki. Perteneciente a una familia de la alta clase social, fue bautizado a los cinco años después de la conversión a la fe cristiana de toda la familia. Se narra que “a los 20 años se matriculó en el seminario de Azuchi, llevado por los jesuitas y dos años después entraba en la Compañía. Hablaba muy bien y lograba con gran fortuna atraer budistas a la fe cristiana.”

Pablo mostraba un gran ánimo en la proclamación del Evangelio de Jesucristo. A pesar de la persecución del gobernante japonés Toyotomi Hideyoshi, a los jesuitas les fue permitida continuar con sus labores. Pero un comentario de un capitán español en 1596 desató de nuevo la persecución; el arresto era más para los franciscanos, aunque junto a ellos arrestaron a Pablo Miki y a dos hermanos jesuitas. El comentario reforzó la sospecha sobre los misioneros españoles: la invasión de España a las tierras japonesas. Por este motivo fueron sentenciados a muerte de cruz a todo el grupo, cuya ejecución sería en Nagasaki, lugar con más población cristiana en aquel entonces. Pero ellos mantuvieron la serenidad agradeciendo a Dios con cantos y alabanzas por lo que iban a sufrir. Incluso Pablo Miki seguía catequizando incasablemente desde la cruz. Los 26 cristianos entregaron su vida en 1597.

Pablo Miki y los cristianos japoneses del siglo XVI me inspiran a vivir el Evangelio en nuestro contexto convulso, con crisis y cambios sociopolíticos. Gobiernos en crisis como el de Guatemala, Nicaragua, El Salvador; pueblos en miras a ser invadidos y explotados (sin exagerar) como Venezuela y/o Groenlandia, por nombrar a algunos; persecuciones, asesinatos en contra de quienes defienden la vida sobre toda ley que genera muerte, como los estadounidenses asesinados en las redadas emprendidas por el gobierno de Donald Trump; el avance y la manipulación de la Inteligencia Artificial para sacar algún provecho del dolor de los demás, abonando más a la superficialidad y evitando la profundidad. En este sentido, Pablo Miki y sus compañeros me inspiran como cristiano y como jesuita: confiar plenamente en Dios a pesar de las adversidades, proclamar con más ánimo la Buena Noticia de Jesús en medio de tantas noticias tristes y desoladoras. Su entrega me recuerda la base martirial de nuestra Iglesia. Esto confirma lo que el Apóstol San Pablo decía a los gálatas: por la ley estoy muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo. Vivo, pero ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Pues mi vida en este mundo la vivo en la fe que tengo en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Gal 2, 19-20)