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Mateo 5, 13-16 – V Tiempo Ordinario (Domingo 8 de febrero)

En los días anteriores hemos contemplado a Jesús anunciando el Reino de Dios. En este contexto, dentro del «discurso de la montaña», Él se manifiesta como Maestro que, después de dirigirse al «gran gentío», ahora instruye a sus discípulos. Les explica solemnemente la buena noticia dirigida a los bienaventurados, a los afligidos, a los pobres, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los puros de corazón y a los pacificadores.

El evangelio de hoy nos muestra cómo el Reino predicado por Jesús se extiende al ámbito hogareño del discipulado cristiano: ser sal que da sabor y luz que ilumina la vida de cada día. Las imágenes de la sal y de la luz se refieren a las «buenas obras» del discípulo, que al vivir según las enseñanzas de Jesús manifiesta con su vida la bondad del «Padre que está en el cielo» y, al mismo tiempo, con ella glorifica a Dios. Al contrario, perder el sabor de la sal o esconder la lámpara bajo la mesa sería renunciar al ideal de la vida cristiana: hacer visible la voluntad de Dios en lo concreto de la existencia.

Pidamos, pues, al Señor que, como los discípulos, también nosotros seamos instruidos por Jesús, para que nuestras vidas sean sal de la tierra y luz en medio de un mundo oscurecido por la prepotencia y dominado por la mentira que desintegra la vida humana. Amén.