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En medio del ruido, la prisa y las apariencias, Dios sigue hablándonos en el susurro suave de la vida cotidiana. En este texto, Cristopher Callejas, S.J., nos invita a detenernos, escuchar con el corazón y descubrir que, aun en nuestra fragilidad, somos parte de algo mucho más grande.

¿Cuándo fue la última vez que notaste como danzan las hojas de los árboles con el susurro del viento? Algo tan esencial como el aire ha dejado de parecernos importante o simplemente damos por hecho que está allí, nuestros cuerpos lo necesitan, pero no nos damos cuenta lo contaminado que suele estar. Dios nos sorprende con la pureza de su susurro, un aire fresco que siempre está allí, oculto, y que el corazón y el alma, se nutren de Él.

          El Señor entra y sale, pasa suavemente como la brisa, el cuerpo lo siente, pero dejamos de percibirlo conscientemente porque no estamos presentes, permanecemos fragmentados, divididos entre mi agenda y la efectividad con la que debo responder a ella. La regla es ser exitoso cada día sin importarme el costo. Aquí viene lo escandalizador:

          Dios es tan Dios que cuenta conmigo, mi respuesta es parte de su designio. Soy parte de lo que Dios      está haciendo. Dios pone su esperanza en mí.

          Nunca un helado de chocolate ha sido tan sabroso como cuando lo saboreo sin prisa, no lo consumo por consumir. Dios me invita a saborear mi existencia en Él, a no ser mero espectador de la realidad que me circunda. Dios es un padre, que de paternalista no tiene nada, no entra en mis esquemas, no sobreprotege. Seguimos a un Dios sorprendente, que me invita a acercarme con el corazón que tengo, no con el corazón que deseo, ese deseo se transforma cuando dejo que el Señor tome mis manos, me dejo conducir por Él, para aprender a discernir sus encuentros.

          En una orquesta deben estar todos los instrumentos afinados para que, al momento del espectáculo, ningún instrumento desafine con la tonalidad que se requiere ejecutar. Aunque seamos diferentes instrumentos, con diversas autenticidades, necesitamos estar afinados con la tonalidad de Dios, un Fa sostenido con el favor de Dios.

          La felicidad solo está en la comunión armónica, una comunión no perfecta, porque si de discusiones hablamos, cuantos no hemos discutido con Dios porque no comprendemos algo o simplemente porque estamos cansados de lo mismo. Confundimos la salvación con la aprobación, Dios no es fanático de los falsos likes, Dios nos escandaliza con su revelación, nos complica la vida, porque Él no está a la altura de los ídolos que nos creamos: los dioses que no salvan en las redes sociales, con signos de perfección superflua, sin profundidad; o la promesa de la productividad que nos invita a hacer las cosas con el corazón escondido, desconectados de lo que sentimos.

          El suave susurro de Dios oculta una fuerza que me desafía, una misión oculta que requiere de mi presencia. Esa brisa suave no puede confundirse con una “paz” ajena a los conflictos, nos lo recuerda Jesús en el evangelio de Lucas: “No he venido a traer la paz, sino la división”[1]

          El susurro de Dios es comprensible no desde la razón, sino desde la verdad del corazón. Es una luz que anima mis tinieblas, que me invita a dar calidez a un mundo cada vez más frio y oscuro, desconectado de la realidad. A veces podemos cuestionarnos como David ¿Quién soy yo para que Dios se fije en mí?[2] La pregunta nace del asombro, un asombro que debe animarnos a la reflexión sobre la inmensidad del Creador, y mi pequeñez como creatura, y sin embargo llamado a colaborar en su creación. El asombro nacido de la inmensidad de Dios debe alentarme a reconocer la dignidad del otro, y la responsabilidad del dominio que nos ha otorgado sobre las obras de sus manos. 


[1] Evangelio según San Lucas 12:51

[2] 2 Samuel 7:18

*Este texto corresponde a una serie de reflexiones y síntesis de los puntos de oración y lo contemplado internamente en los ejercicios espirituales dirigidos por nuestro compañero jesuita Manolo Maza en el Triduo de Renovación de Votos de Cuaresma 2026.

Cristopher Callejas, SJ

Escolar Jesuita. Estudiante de filosofía en República Dominicana. Una de las formas de vivir mi fe es a través del arte, descubrir cada día que somos capaces de transformar lo que Dios nos confía. Por eso para mí Dios es todo aquello bueno que puede salir del ser humano. Uno de los pasajes de la Biblia que siempre me sorprende y que guarda mucha relación con San Francisco Javier, quien me ha inspirado mucho desde los inicios de mi vocación, es «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?» (Mateo 16, 26).