Oremos para que, al igual que los discípulos en el Evangelio de hoy, nuestro encuentro con el Resucitado sea nuestra fuente de esperanza que nos impulse a comunicar el Reino de Dios.
Oremos para que, al igual que los discípulos en el Evangelio de hoy, nuestro encuentro con el Resucitado sea nuestra fuente de esperanza que nos impulse a comunicar el Reino de Dios.
Tomás, como casi todos, necesita de pruebas, signos y evidencia para creer; Jesús le propone a él, y a nosotros, un camino distinto para enfrentar las dudas: “Creer para ver”. Esto es arriesgado, requiere valentía, pero vale la pena.
También a nosotros, que nos preparamos para la celebración del nacimiento del Salvador, Dios nos sigue invitando a acoger en nuestra vida su Proyecto. Como para José, seguramente implicará para nosotros salir de nuestros esquemas o redefinir nuestros proyectos. Pero como a José el Señor nos dice: «no temas, deja que mi proyecto llene de sentido el tuyo, no temas dejarme entrar en tu vida.
En los espacios de muerte que nos rodean, centremos nuestro corazón en la Vida, en Cristo que es nuestra esperanza y Quien transforma nuestras obras. No nos quedamos en las ruinas cuando abrazamos a Cristo que ha resucitado.
En este Día de los Fieles Difuntos, la Iglesia nos invita a mirar la muerte con los ojos de la fe, recordando que quienes han partido no están olvidados, sino que viven en la presencia amorosa de Dios.
Es momento de mirarnos sin miedo y preguntarnos: ¿a quién nos parecemos más, al publicano o al fariseo? Ambos oran al mismo Dios y acuden al mismo templo, pero sus corazones son distintos: uno se abre a la misericordia, el otro se encierra en su orgullo. ¿Y el nuestro?
La imagen del fuego, en este contexto, nos recuerda lo que deberíamos ser: creyentes capaces de arder en un mundo apagado. Ser misericordiosos cuando predomina el rencor. Sembrar paz en medio de la guerra. Proclamar justicia en entornos de corrupción e inequidad.
Buscar el reino es vivir no por miedo ni por interés, sino por amor y fidelidad, incluso desde lo poco.
La verdadera felicidad no se encuentra en la acumulación de bienes materiales, sino en vivir en Dios y en mis relaciones con los demás hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Escoger la mejor parte es ser capaz de descubrir aquello que más te conduce a la plenitud de tu vida, a la realización del proyecto de felicidad al que se te ha invitado. Escoger la mejor parte es discernir lo que te lleva a vivir el Reino.