El evangelio de hoy nos invita a cambiar la mirada. A dejar de buscar a Dios solo en lo extraordinario… y aprender a reconocerlo en lo cotidiano, en lo cercano, en lo humano. Y entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿En qué mi vida está haciendo visible a Dios? ¿En qué mis gestos, mis palabras, mis decisiones reflejan a Cristo?
El Evangelio de este primer domingo de Cuaresma nos remite a los lugares sagrados en la tradición del Pueblo de Dios: sitios donde este experimentó profunda cercanía y comunión con Él pero que, al mismo tiempo, presenciaron la ruptura de esta comunión por las tentaciones.
La Cuaresma es entonces tiempo propicio para recuperar nuestros espacios sagrados de las tentaciones. Para volver nuestra mirada al Señor y caminar otra vez a su lado.
También a nosotros, que nos preparamos para la celebración del nacimiento del Salvador, Dios nos sigue invitando a acoger en nuestra vida su Proyecto. Como para José, seguramente implicará para nosotros salir de nuestros esquemas o redefinir nuestros proyectos. Pero como a José el Señor nos dice: «no temas, deja que mi proyecto llene de sentido el tuyo, no temas dejarme entrar en tu vida.
La memoria agradecida, esa capacidad de recordar con gratitud lo que Dios ha hecho, es fuente de conversión. Nos invita a mirar la vida desde el Evangelio, a redescubrir la presencia de Dios en lo cotidiano. Solo desde la gratitud se renueva el corazón, se ensancha la mirada y se aprende a vivir de una manera nueva.
La verdadera felicidad no se encuentra en la acumulación de bienes materiales, sino en vivir en Dios y en mis relaciones con los demás hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Esta es la certeza que acompaña y mueve, en esperanza, la vida cristiana: el Señor resucitado permanece en medio de nosotros y su Espíritu nos guía. Guardar su palabra significa para nosotros, dejar que la vida de Dios, su proyecto, su Reino, iluminen nuestra vida, la transforme y la oriente.
La cuaresma es un tiempo para subir a la montaña con el Señor, traer a la memoria todos esos momentos con Él y dejarnos renovar para seguir avanzando con fe, en el camino de la vida, porque sabemos que Él va con nosotros.
La solemnidad de la Epifanía del Señor nos invita a abrir nuestros cofres, es decir, nuestros corazones para dejarnos transformar por la luz de Dios.
Celebrar a Cristo Rey nos lleva a reconocer en la vida de Jesús un modelo para nuestras vidas, deseamos vivir como Él vivió.
Esa mirada también tiene la capacidad de transformar nuestra vida para darnos la libertad, la generosidad, para ir a lo esencial.


