I Domingo de Cuaresma, 22 de febrero de 2026 – (Mt 4, 1-11)
En este primer domingo de cuaresma, se nos proclama el Evangelio de las tentaciones.
El relato nos remite a tres lugares centrales en la tradición del pueblo de Dios: el desierto, la Ciudad Santa con templo y la montaña. Como sabemos, estos sitios representan los lugares sagrados, en donde el pueblo experimentó una profunda cercanía y comunión con Dios. Al mismo tiempo, representan lugares en donde dicha experiencia se puede romper.
En el desierto el pueblo de Dios experimentó la libertad, pero también fue el lugar donde se revelaron en contra de Dios; el templo es el lugar de la presencia de Dios reservado al culto y a la oración, pero también en donde se puede corromper la religión con intereses propios; la montaña es el lugar donde Dios establece la alianza con su pueblo, pero también al pie de la montaña se abre paso la idolatría.
En ese sentido, podemos decir que las tentaciones vienen a romper la experiencia de comunión con Dios, con los demás y con la creación. La tentación busca llegar a aquellos espacios sagrados en donde se establece la experiencia profunda que da sentido a nuestra vida a partir de la fe, para fragmentar nuestra existencia.
El tiempo de cuaresma es un buen tiempo para volver a esos lugares, para identificar en ellos las experiencias que han roto nuestra comunión con el Señor y su proyecto e iluminados por el ejemplo de Jesús, que vence la tentación, podamos reestablecer la comunión.
Son tantas las tentaciones que se introducen a lo largo de nuestra vida en nuestros “espacios sagrados”, que van poco a poco robándonos la cercanía con Dios y con lo que da sentido a nuestra existencia, llevándonos por caminos que nos roban la vida. La cuaresma es el tiempo propicio para recuperar nuestros Espacios Sagrados, para volver nuestra mirada al Señor y dejar que su Palabra nos transforme y caminando a su lado.





