Oremos para que, al igual que los discípulos en el Evangelio de hoy, nuestro encuentro con el Resucitado sea nuestra fuente de esperanza que nos impulse a comunicar el Reino de Dios.
Oremos para que, al igual que los discípulos en el Evangelio de hoy, nuestro encuentro con el Resucitado sea nuestra fuente de esperanza que nos impulse a comunicar el Reino de Dios.
Las imágenes de la sal y de la luz se refieren a las «buenas obras» del discípulo, que al vivir según las enseñanzas de Jesús manifiesta con su vida la bondad del «Padre que está en el cielo» y, al mismo tiempo, con ella glorifica a Dios.
La misteriosa venida del Hijo de Dios es, para cada cristiano, razón de alegría y esperanza. En Él, cada persona descubre su propio misterio, el sentido profundo y la vocación de su existencia.
Escuchar a Jesús se convierte en la actitud primordial del discipulado cristiano. Como consecuencia de esta escucha, surge el seguimiento: las ovejas siguen a su Pastor porque reconocen su voz: “Yo las conozco y ellas me siguen”.
Quitarse la paja y la viga del ojo es entonces una exigencia cristiana y un camino de conversión: convertir la mirada en una mirada cristiana. El evangelista Lucas nos recuerda que el Reino de Dios está ya presente en nuestra realidad y que su modalidad de realización es a través de nuestra humanidad.