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II Domingo de Adviento – Mt 3, 1-12

En el evangelio del II Domingo de Adviento se nos presenta la predicación de Juan el Bautista, relato que también encontramos en Marcos y Lucas. En medio de la expectante espera del Mesías, Juan anuncia con fuerza la llegada de “aquel que viene después de mí”. Al mismo tiempo, reconoce que ese Mesías “es más poderoso que yo”, evocando las palabras del profeta Isaías (40,3).

Las palabras del Bautista nos recuerdan que la venida del Mesías se inscribe en la continuidad del proyecto salvífico de Dios, la exigente y profunda conversión espiritual ante el reino de Dios que “está cerca” (Mt 3,2). A diferencia del bautismo con agua en el Jordán, signo de purificación, este Mesías prometido “bautizará en Espíritu Santo y fuego”.

La llegada del reino de Dios, anunciada por Isaías (53,11), se revela como un reino de justicia y amor. Su realización en la tierra pasa por un camino de conversión: “enderecen sus senderos hacia Dios”, exhorta Juan.

Así, el bautismo “en Espíritu y fuego” simboliza la presencia permanente de la divinidad desde la Creación y, al mismo tiempo, la acción vivificante del Espíritu Santo: soplo de vida, aliento divino que desciende y abraza a la humanidad, asumida luego en el misterio del Niño Dios. Mateo, en su evangelio, relee la creación (Gen 1,2) a la luz de la encarnación del Hijo de Dios, mostrando la íntima unión entre Creación y Encarnación.

La misteriosa venida del Hijo de Dios es, para cada cristiano, razón de alegría y esperanza. En Él, cada persona descubre su propio misterio, el sentido profundo y la vocación de su existencia. Que en este tiempo de Adviento pidamos al Espíritu Santo que enderece nuestros caminos de esperanza y conduzca nuestros corazones hacia Dios. Así sea.