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José es el santo de la disponibilidad discreta para la misión. Fue el hombre que se dispuso al proyecto de Dios más con hechos que con palabras. Hoy, en la fiesta de nuestro santo patrón, Carlos Méndez, S.J., nos invita a reconocer su disponibilidad en la discreción de quienes, desde el silencio y la perseverancia, confían en Dios al modo de José.

Por Carlos Josué Méndez, S.J.

En la sociedad centroamericana hay muchas personas de las que casi no se dice nada, pero hacen mucho por la humanidad. Son personas que no salen en la primera plana de los periódicos ni de la televisión, pero sin ellos y ellas la sociedad no subsistiría. Pensemos en el joven luchador, en el campesino, en el albañil, el carpintero, el guardia de seguridad, la cocinera, la ama de casa, la maestra, la cajera y así muchas otras personas. Son como la sal en la comida que cuando no está se siente y añora. La vida sin ellos y ellas sería diferente, por no decir, atroz. Pues son las personas que nos ayudan a vivir. Y lo hacen desde abajo, como San José, desde el silencio, la perseverancia y la confianza en Dios. 

Por eso, para muchas personas San José es modelo de vida. Es modelo para la Iglesia, para las familias, los trabajadores y algunas Ordenes e Instituciones religiosas. El 08 de diciembre de 1870 el Papa Pío IX lo declaró Patrono de la Iglesia Católica. La Compañía de Jesús tiene una devoción especial hacia él. Muchas de las Obras jesuitas tienen su nombre y son encomendadas a su intercesión, pues creemos que si San José cuidó a Jesús también cuidará de su Compañía. El Papa Francisco le admiraba mucho, y decía que “la grandeza de san José consiste en el hecho de que fue el esposo de María y el papá de Jesús”, y que, además, todos pueden encontrar en él un intercesor y guía en momentos difíciles, especialmente, las personas de presencia discreta y que muchas veces pasan desapercibidas.

José es el santo de la disponibilidad discreta para la misión. Los Evangelios no dicen que San José haya dicho alguna palabra. Los mismos Evangelios no dicen mucho de él, pero sí lo suficiente como para conocerlo y ver algunas de las pistas que pueden ayudar a seguir la voluntad de Dios por medio de su testimonio de vida. De él podemos decir que fue un trabajador humilde que se dedicaba a la carpintería (Mt. 13,55), que fue esposo de María (Mt.  1, 18; Lc. 1, 27), y el padre de Jesús de Nazaret (Jn. 6,42). Sus contemporáneos lo reconocían como un hombre justo, fiel y decidido a confiar en el plan de Dios a pesar de sus miedos (Mt. 1,19). Él fue el padre que ayudó y vio crecer a Jesús en sabiduría, estatura y en gracia ante Dios y los hombres (Lc. 2, 52). Lo que significa que él fue elegido por Dios para ser parte fundamental en la historia de la salvación. San José fue el hombre que se dispuso al proyecto de Dios más con hechos que con palabras. El miedo y la fragilidad no le impidieron ser justo y cuidadoso de su familia.

San José me evoca a las personas que, con su trabajo y esfuerzo, muchas veces no reconocido y mucho menos valorado, se confían a Dios y dan vida por medio de su labor. Pienso que el papá de Jesús puede ayudarnos a acrecentar la fe en Dios y a estar disponibles a sus invitaciones a pesar de nuestros miedos y fragilidades.