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Domingo de Ramos abre la puerta a la Semana Santa y nos recuerda que la vida también se mueve entre aplausos y desafíos. Sándor Espinoza, S.J., nos invita en este texto, entre hosannas y silencio, a mirar el corazón y descubrir cómo Jesús sigue entrando, sencillo, en nuestra historia.

Llegamos al umbral de la Semana Santa con el Domingo de Ramos y este día cargado de tantos signos y símbolos, tiene algo que decirnos en medio de muchos contrastes. Primero, pareciera ser que es como esos días en los que uno siente que todo va saliendo de maravilla. Es el día perfecto. Pero cuando se asoman las pruebas y los desafíos, la cosa cambia. Así pudo ser la entrada de Jesús en Jerusalén, como nos lo cuenta el Evangelio de Mateo: gente contenta por las calles, ramos de olivo en alto, mantas alfombrando el camino por donde Jesús iba pasando; un ambiente alegre entre voces que vitorean: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!» (cfr. Mt 21,9). Jesús entra a Jerusalén sin protocolo, pero en al ambiente se percibe algo de genuino: el deseo de recibirlo. Es lo mismo que nos sucede. Y por eso, esta escena algo nos está diciendo, porque el «Hosanna» que significa ¡sálvanos! es un clamor ante las preocupaciones por la familia, el cansancio, la incertidumbre e inestabilidad en el trabajo, etcétera, en fin, una oración de quienes reconocen que esperan algo más que sus propias fuerzas, porque en el fondo, todos en la vida necesitamos que algo o Alguien entre y le dé sentido a nuestra existencia.

Pero, cuando vemos más a fondo, vienen los contrastes y nos damos cuenta de que esa emoción no es como parece y tiene una fragilidad muy parecida a la nuestra. Por un lado, la alegría en la procesión con los ramos y luego el desconcierto en el relato de la Pasión. Y así también, hay días que todo fluye, y otros, donde más bien sentimos que todo va cuesta arriba. Momentos en los que la fe se siente muy cercana y en otros cuando parece exigirnos demasiado. O como cuando nos entusiasmamos con la idea de iniciar un nuevo proyecto, por unos días todo va bien, pero luego, con el cansancio, los desafíos, la rutina ordinaria o simplemente las excusas, volvemos a reaccionar igual que antes. Esto no quiere decir que las intenciones no hayan sido verdaderas, sino a lo mejor, no eran lo suficientemente fuertes para sostenerse. Algo así pudo ocurrir en Jerusalén: una emoción real, pero sin raíces profundas. Por eso, este día nos llama a mirar nuestra vida interior con sinceridad. La vida da esos giros, pero, el Evangelio al hacernos evidente esta realidad, quiere iluminarla, a partir de la fidelidad de Jesús.

Él no cambia de rumbo cuando las cosas no van según las circunstancias, sigue adelante, sostenido por la misión que el Padre le ha confiado. No entra a Jerusalén en un carro de lujo, ni se aprovecha para imponer el poder a partir de los vítores que escucha. Es todo lo contrario. Entra sencillo, sentado en un burrito, sin hacer ruido, sin nada que aparentar. Esta escena es totalmente contraria a las expectativas, es muy provocadora, rompe todos nuestros cálculos. Es como cuando alguien actúa con coherencia y fidelidad al Evangelio en situaciones donde lo mejor sería acomodarse al momento o a la lógica del poder. Así mientras muchos esperan grandeza, Él elige humildad. Es un Rey distinto, que no busca aplausos, sino corazones disponibles.

Este Domingo de Ramos nos llama a vivir una gran verdad que hace más vital nuestra experiencia humana: reconocer nuestra fragilidad y nuestros contrastes. Por eso, que los signos y gestos exteriores del día, como los ramos, que luego colgamos detrás de las puertas de nuestras casas, toquen algo más de nosotros, la consistencia de nuestra vida, que pasa necesariamente por el servicio, el perdón y la entrega.

No olvidemos que Jesús sigue entrando en nuestra “Jerusalén” de forma discreta: en nuestras relaciones, en nuestras conversaciones, en nuestras decisiones, en sí, en todo nuestro diario vivir. Y, por tanto, entre hosannas y silencios, poco a poco, descubrimos que el Rey humilde también quiere reinar en nuestro corazón y como respuesta libre y generosa podamos decirle: ¡Entra, Jesús, entra en nuestras vidas! ¡Queremos caminar contigo!

Sándor Espinoza, SJ