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Mucho antes de lo que hoy conocemos como «ecología integral», un jesuita vivía una relación profunda con la naturaleza y con su entorno. En la festividad de San José de Anchieta, Sándor Espinoza, S.J., nos reconstruye la vida y obra de este santo misionero que se hizo uno más de los pueblos tupíes en Brasil, recordándonos que la convivencia comienza cuando estamos dispuestos a comprender al otro desde dentro, desde lo que es.

San José de Anchieta, nació en San Cristóbal de La Laguna en 1534. En la Universidad de Coímbra se destacó en sus estudios y en la poesía. Además, por impulso de las cartas que enviaba Francisco Javier desde Oriente, donde hacía eco de la necesidad de misioneros, entró en la Compañía de Jesús en 1551. Su salud era frágil, pero su deseo de seguir a Jesús parecía más fuerte que su propio cuerpo. Por eso, su vida recuerda el valor de la fidelidad en el servicio cotidiano. Así, zarpó desde Lisboa, rumbo hacia Brasil en 1553 y allí encontró otra realidad de la que se pudo imaginar.

Su vida se desarrolló en un tiempo de encuentros difíciles entre culturas, lenguas y pueblos, nada que hoy nos fuera ajeno. Por eso, la figura de nuestro santo aparece no como un héroe, sino como un testigo de diálogo y encuentro. Su actitud de aprender la lengua y la cultura tupí resulta hoy especialmente significativa. Decidió hacerse uno de ellos, sentarse, escuchar y aprender durante horas, palabras y sonidos nuevos, como un niño que vuelve a empezar el lenguaje desde el principio. Y esto no lo hizo desde un escritorio cómodo, sino entre largas caminatas por las aldeas. En una época como la actual, donde las diferencias culturales muy frecuentemente generan miedo o rechazo, su ejemplo nos recuerda que la convivencia comienza cuando estamos dispuestos a comprender al otro desde dentro, desde lo que es.

De otra parte, mucho antes de que lo que hoy conocemos como “ecología integral”, Anchieta ya vivía una relación muy profunda con la naturaleza. Cada gesto, como plantar un árbol, recoger agua, respetar los caminos de los pueblos indígenas, era parte de su modo de custodiar la creación mientras anunciaba el Evangelio. Por tanto, este aspecto de la vida de nuestro santo nos recuerda que vivir la espiritualidad es también aprender a integrar todo cuanto nos rodea y a habitar el mundo con atención, gratitud y respeto.  

Me impresiona la calma y la paciencia de Anchieta en una playa, rehén durante un conflicto entre las tribus indígenas y colonos portugueses, escribiendo en la arena con un palo más de cuatro mil versos dedicados a la Virgen. Sin papel ni lápiz, su corazón perecía dar vida a cada palabra, demostrando que la paz nace de quien se pone en medio con corazón abierto. Más tarde, trascribió todo de memoria, haciendo eco de su deseo de reconciliación.

Finalmente, ¿cómo ilumina hoy la historia de Anchieta nuestras vidas? Nosotros como él, conocemos el cansancio, las tensiones, los desaciertos. Creemos que muchas de nuestras esperanzas y esfuerzos se pierden como las palabras en la arena, borrados por las olas de la historia. Sin embargo, su ejemplo nos recuerda que la santidad se construye en la fidelidad paciente y discreta de cada día, aun cuando todo pareciera que nada nos favorece. 

Sándor Espinoza, SJ