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¿Qué puede llevar a un joven a renunciar al éxito, los privilegios y la comodidad para ponerse al servicio de los demás? A partir de la vida de san Luis Gonzaga, hoy, día de su fiesta, este texto nos invita a repensar el papel de los jóvenes en la construcción de un mundo más justo en nuestros días.


Muchas veces los jóvenes se han convertido en la voz de la conciencia social y ecológica de la humanidad. Pero esto no es algo nuevo: la historia de la Iglesia muestra que los jóvenes no solo han sido receptores de la fe, sino también protagonistas de transformación social y espiritual, asumiendo incluso la labor profética de denunciar, anunciar y actuar que la Iglesia y sus ministros deben llevar a término.

Esto me lleva a preguntarme, ¿qué inspiraría a un joven con un futuro prometedor a renunciar a todo para dedicarse al servicio de los demás?, a estas tareas proféticas de denunciar, anunciar y construir un mundo mejor. De esta manera, viendo la historia de la Compañía de Jesús, me encontré con los nombres de algunos santos que han dedicado su vida a esta labor, de manera especial, quiero presentar a uno que la Iglesia ha nombrado patrono de la juventud: san Luis Gonzaga, S.J.

Este santo jesuita vivió durante la segunda mitad del siglo XVI, destinado por su familia a ocupar un cargo dentro de la nobleza y fue educado en la corte real. Desde muy joven cultivó una profunda vida espiritual y de servicio, comprometiéndose a los 10 años con la Virgen a una vida de servicio renunciando así a una vida de pareja y luchando por su vocación a la Compañía de Jesús. A los 17 años renunció a la nobleza en favor de su hermano y, ganando el corazón de su padre, quien estaba en contra de que Luis siguiera su vocación, ingresó al noviciado jesuita de San Andrés de Roma en 1585.

Durante su formación como jesuita, Luis siguió creciendo en virtud deseando entregarse totalmente a los demás. Su amor a los pobres de Jesucristo le impulsó a pedir a sus superiores que le dejasen asistir a los enfermos pobres que sufrían la peste que asoló Roma ese año. La dedicación de Luis a esta misión lo llevó al límite, se contagió de la peste y murió en 1591. Luis tenía 23 años cuando murió, con su manera de actuar, este joven del siglo XVI nos recuerda algo importante: la dedicación y entrega al Cristo sufriente de hoy, se mantiene vigente desde entonces, y es lo que el papa Francisco deseaba de la Iglesia, que esta sea un hospital de campaña para los descartados de este mundo.

Volviendo a esa pregunta que surgía en mí, estoy seguro de que son muchos los jóvenes que hoy ven el mundo a través de una sensibilidad que los adultos han perdido. La empatía con la que reconocen a los demás como hermanos, la conciencia ecológica que les permite identificar la Tierra como nuestra casa común, y el coraje con el que gritan denunciando las injusticias de este mundo, contrasta fuertemente con la imagen que el mundo moderno suele presentar de ellos.

Así pues, en los últimos años la Compañía de Jesús ha reconocido la importancia de caminar junto a los jóvenes desde una de sus Preferencias Apostólicas Universales: acompañarlos en la creación de un futuro esperanzador. Esto implica reconocer a los jóvenes no solo como destinatarios de la misión de la Iglesia, sino como protagonistas en la transformación de la sociedad por medio de la solidaridad, el discernimiento y el compromiso con los descartados de este mundo. Desde esta perspectiva, podemos reconocer en la vida de Luis que la juventud puede convertirse en un signo de esperanza en nuestro tiempo.

Así pues, la imagen de san Luis Gonzaga no es otra que la de los jóvenes de hoy, quienes, desde su punto de vista, son capaces de despertar la conciencia social de aquellos que se han acomodado a la injusticia de este mundo. La entrega generosa de todos ellos nos muestra el ideal ignaciano de la contemplación para alcanzar amor hecho vida. Los jóvenes, católicos o no, religiosos o no, nos dan hoy una lección importante: solo podemos en todo amar y servir, si dejamos nuestras comodidades, si asumimos la realidad tal cual es para poder transformarla, uniéndonos a ellos para construir el Reino de Dios en la tierra.