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Hay noches en las que la fe pareciera quedarse sin palabras y sentimos, incluso, que Dios guarda un silencio que pesa. En este poema, Víctor Portillo, S.J., pone voz a esa tormenta interior en la que el miedo, la duda y el desconsuelo parecen ocuparlo todo. Pero, incluso en medio de la oscuridad, permanece una certeza: aunque no podamos verlo, Dios sigue estando.

A las tres de la mañana

El ensordecedor silencio de Dios,

El pecho se estremece al ver la confusión,

Las inmensas olas son aterradoras,

Sé que mi balsa no resistirá esta borrasca.

Jesús sigue aparentemente lejano,

Sonoramente despreocupado.

¿¡No sé cómo, con este viento, con este aguacero,

con este terror que se te cuela en los huesos!?

Así, mi vida se desarma, Señor

Solo persiste el rugido del viento,

en la hora donde nada tiene sentido,

cuando ni la palma de la mano se puede ver

donde lo que fue ya no es lúcido ni cálido,

los cimientos de lo certero han sido arrasados por la duda.

El desconsuelo es total,

el auxilio no se ve por ningún lado.

Solo se escucha el susurro del alma.

Gritando; gimiendo; intentando aferrarse a algo, a alguien:

Y grita como estirando la mano esperando salir del foso:

¡Señor Sálvame!

¡Señor ten misericordia de mí!!!

Dios mío, Dios mío, ¡por qué me has abandonado!

¿No ves que estoy tan afligido que no puedo ni orar?

Solo queda el lejano recuerdo de tu ternura para conmigo.

Mi alma está hecha trizas

La confianza no la encuentro en ninguna parte

Las sombras de muerte rondan mi alma.

El desasosiego ha borrado todo.

Me siento morir, mi Dios.

No veo la hora en que te haces presente y calmes mi agonía

No te encuentro en ninguna parte mi Dios.

Tú me has amado incondicionalmente.

Nunca me has dejado solo.

Nunca lo has hecho.

Aunque no te vea y aunque no entienda esta sombra de muerte que me envuelve.

Seguiré confiando en ti.

Siempre me he puesto en tus manos y en el debido tiempo me has respondido.

La tormenta

Mi tormenta

La hora donde la esperanza se borra,

donde la confianza palidece.

Experimentarte en el silencio.

Hacerse amigo del silencio.

La fe se hace una realidad desconocida.

A pesar de todo, a su debido tiempo,

tu voz se escucha a lo lejos,

mi mirada fija en ti me distrae de la tormenta.

Mis pies se afirman,

mi corazón se tranquiliza.

Mis manos quieren abrazarte.

Mi alma se centra solo en su esperanza,

el corazón vuelve a su sitio.

Tú estás y seguirás estando.

Con eso me basta.

No te pido más.

Víctor Portillo, S.J.