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Mt 18, 21-35 (XXIV Domingo del Tiempo ordinario)

El evangelio de hoy nos pone sobre la mesa un tema interesante: el perdón. Y, para mostrar la hondura y la importancia de este asunto, Mateo nos cuenta una historia fuerte que busca sacudirnos y hacernos pensar. En especial cuando nos recuerda que “el amor de muchos se está enfriando” (Mt 24,12). Este es un punto central que no se puede obviar cuando se trata de corregir los conflictos, las disputas y enfrentamientos que pueden surgir en la comunidad de los seguidores de Jesús.

En medio de este conflicto, Mateo pone en el centro a Jesús, mostrándonos cómo es el amor y la misericordia de Dios que nos perdona “…hasta setenta veces siete”. En otras palabras, nos muestra que el perdón que brota del corazón de Dios es infinito y permanente.

La espiritualidad ignaciana nos invita a hacer memoria agradecida de ese perdón recibido a reconocer cómo Dios ha estado presente en nuestra historia, incluso en los momentos de caída, y cómo su misericordia nos ha levantado una y otra vez. Esa conciencia nos ayuda a mirar al otro con compasión, porque sabemos que también nosotros hemos sido sostenidos por un amor que no falla.

¿Y qué pasa cuando el dolor y el sufrimiento que nos han causado es tan grande que el corazón no logra perdonar? Ignacio nos recordaría que el perdón es un proceso, un camino de discernimiento, es decir, un proceso que se recorre paso a paso, con paciencia, oración y apertura a la gracia. A veces tarda días, meses o años, hasta que el corazón se siente libre para perdonar. Mientras tanto, la invitación es clara: actuar siempre con amor, hacer el bien y mantener una actitud de misericordia, aunque las heridas aún no hayan sanado.

Jesús, al invitarnos a perdonar “hasta setenta veces siete”, nos muestra el camino más seguro y eficaz para erradicar el mal de nuestras vidas. Una clave ignaciana que resulta práctica para afianzar la invitación de Jesús es buscar en la oración la fuerza para amar al enemigo, pedir la gracia de ver a la persona que nos hirió como Dios la ve, y dejar que el Espíritu nos transforme desde dentro.

El perdón, vivido desde la fe, no es debilidad, sino una fuerza que libera. Es la manera más auténtica de vivir en la consolación verdadera, esa paz interior que Ignacio describe como fruto de estar en sintonía con Dios. Por eso, cuando te atreve a perdonar, te convierte en testigo de que el amor de Cristo es más fuerte que cualquier herida.