En este artículo, Ronald Ruiz Gill, S.J., interpreta la Doctrina Social de la Iglesia desde la realidad de la parroquia guatemalteca encomendada a la Compañía de Jesús La Natividad de la Virgen María a partir de la profundización en la cotidianidad, desafíos y esperanzas del pueblo maya k’iche’.
A lo largo del estudio sobre la Doctrina Social de la Iglesia (DSI),[1] he reflexionado sobre su papel como brújula ética, social y eclesial para observar, interpretar y transformar la realidad desde la fe y la academia. He querido profundizar en esta reflexión en un contexto social y eclesial en el que estoy involucrado desde hace unos años. Estas palabras no surgen solo de un estudio teórico o distante, sino que nacen del encuentro y la apertura entre mi realidad personal y las experiencias interculturales que emergen de la vida cotidiana de las familias y los pueblos originarios mayas K’iche’.[2]
Las líneas de reflexión y acción de la DSI encuentran un terreno vivo en la Parroquia La Natividad de la Virgen María,[3] en el municipio de Santa María Chiquimula,[4] departamento de Totonicapán, como lugar de encuentro entre la realidad sociocultural maya K’iche’, la vida parroquial-eclesial y las experiencias comunitarias con los principios cristianos. La parroquia, como terreno y espacio de encuentro y organización comunitaria, sirve como articulación para acompañar y ofrecer respuestas solidarias que integren la fe y la acción social a través de la DSI. Desde la parroquia, se puede seguir apostando por una pastoral orgánica que escuche, acompañe y dignifique a los más pobres y vulnerables. Por eso, quiero desarrollar mediante esta reflexión que la DSI, leída y reflexionada desde la realidad local, ilumina caminos concretos para enfrentar la pobreza, acompañar la migración y afirmar la dignidad humana, traduciendo principios universales en acciones concretas y culturalmente acertadas.
La estructura de esta reflexión se articula en tres ejes transversales —pobreza, migración y dignidad—. En un primer momento, mirar a las personas en situación de pobreza como sujetos de derecho y no como objetos; en un segundo, acompañar la migración mediante redes de apoyo y orientación pastoral que defiendan los derechos humanos; y en un tercero, afirmar la dignidad de cada persona reconociendo su identidad cultural, sus saberes y su valor integral. Así, leer y reflexionar la DSI en clave local desde los pueblos originarios, en particular el pueblo maya K’iche’, ilumina la misión pastoral para construir una sociedad más justa y humana.
En primer lugar, la pobreza en el territorio parroquial y municipal no es solo una carencia material, sino una realidad compleja que afecta la vida, la participación, la salud y la esperanza de muchas personas. Por ello, se requieren respuestas que integren asistencia inmediata y el acompañamiento pastoral con propuestas de desarrollo sostenible y autosuficiente. La DSI invita a promover la justicia distributiva, la participación plena y consciente de las personas con menos recursos, y la exigencia de políticas públicas que prioricen a los más vulnerables, mediante procesos de formación pastoral y técnica, así como programas de apoyo en la salud, agricultura y emprendimiento.
En la parroquia, especialmente desde la Pastoral Social Parroquial (PSP), este trabajo se articula con actores clave —autoridades comunitarias, comités y organizaciones de base, además de instancias regionales e internacionales— que coordinan iniciativas, fortalecen capacidades productivas y comerciales y promueven el cuidado de la creación, protegiendo los recursos naturales y garantizando el acceso al agua y a la tierra. Estas acciones fortalecen la cohesión social y el desarrollo comunitario. Combatir la pobreza en las comunidades es una tarea compleja; sin embargo, constituye un acto de justicia que expresa la caridad cristiana en clave local y estructural y contribuye a reducir la migración forzada cuando se generan alternativas y condiciones para un trabajo digno en el propio territorio, pues “las personas tienen el derecho de encontrar oportunidades en su tierra natal”.[5]
En segundo lugar, la migración es un fenómeno social que ha cobrado fuerza en los últimos años, ya que muchas personas “se ven amenazadas por la pobreza, la injusticia, la intolerancia religiosa, los conflictos armados y otras causas profundas”.[6] Desde la realidad parroquial, numerosas familias experimentan la partida, la separación y, en algunos casos, el retorno, debido a la falta de oportunidades laborales y a la situación de pobreza en el municipio.[7] La DSI reconoce que “las personas tienen el derecho de migrar para mantenerse así mismas y a sus familias”[8] y defiende el libre tránsito como un derecho humano fundamental.
Ante esta situación, la misión parroquial ha fortalecido el programa de migrantes mediante el acompañamiento cercano a las personas migrantes y a sus familias. Este servicio expresa la fraternidad, la solidaridad y el compromiso cristiano con la dignidad humana; se concreta en un espacio de escucha, orientación y formaciones, así como la generación de oportunidades para jóvenes, mujeres y familias a través de redes de apoyo, emprendimientos y proyectos de empleo local. De este modo, la parroquia se convierte en un puente entre la experiencia local y las dinámicas globales, acogiendo, protegiendo y acompañando a las personas migrantes, cuyos derechos, según la DSI, se fundamentan en “la dignidad y la santidad de la persona humana”.[9]
En tercer lugar, al reflexionar sobre los fenómenos de la pobreza y la migración, se evidencia que su núcleo fundamental es la dignidad humana, ya que toda persona —sea pobre o migrante— posee un valor intrínseco que la constituye como sujeto de derechos. El papa Francisco lo expresa con claridad al afirmar que “el mundo existe para todos, porque todos los seres humanos nacemos en esta tierra con la misma dignidad”[10], y que “las diferencias de color, religión, capacidades, lugar de nacimiento, lugar de residencia y tantas otras no pueden anteponerse o utilizarse para justificar los privilegios de unos sobre los derechos de todos”.[11]
Desde esta perspectiva, la defensa de la dignidad humana se convierte en una prioridad en la acción pastoral de la parroquia en el contexto del pueblo maya K’iche’. La parroquia se configura como un espacio donde se promueve la interculturalidad y la interculturación del Evangelio, así como la defensa de la identidad frente a toda forma de discriminación, mediante el respeto a la lengua, las tradiciones y las formas propias de organización comunitaria. Estas prácticas pastorales, iluminadas por la DSI, no invisibilizan la dignidad ni silencian las voces locales; por el contrario, las coloca en el centro del diálogo y de la acción reflexiva, reconociendo que la “creación humana a ‘imagen y semejanza de Dios’ (Génesis 1, 26) es central [y un principio fundamental] en el Pensamiento Social Católico”.[12]
En Santa María Chiquimula, afirmar la dignidad de la persona no significa únicamente reconocer su valor intrínseco, sino también fortalecer su pertenencia comunitaria mediante la construcción de puentes entre la fe, la cultura y la vida cotidiana de los pueblos. En ese sentido, el papa Francisco subraya la relación profunda entre ‘pueblo’ y ‘persona’,[13] pues la realidad personal se forja en realidades socioculturales compartidas. Sin embargo, advierte que
(…) el «pueblo» no es un concepto descriptivo que pueda promover el populismo y el nacionalismo, sino una «categoría mítica» (FT, 158), que explica cómo compartimos nuestra «identidad surgida de los vínculos sociales y culturales» (FT, 158). Al igual que nuestra identidad, descubrir que somos un pueblo es un proceso dinámico y «abierto» (FT, 160), y la diversidad cultural, política y religiosa es una bendición.[14]
Así, el reconocimiento de la dignidad humana fortalece la conciencia de ser pueblo, donde la diversidad cultural, política y religiosa se vive no como amenaza, sino como una bendición que enriquece la vida comunitaria. De este modo, la defensa de la dignidad no solo protege a la persona en su singularidad como sujeto de derechos, sino que también integra las diferencias en una realidad sociocultural viva, afirmando al pueblo como una comunidad dinámica y abierta.
En conclusión, la DSI, leída desde la realidad del pueblo maya K’iche’ y de la vida parroquial en Santa María Chiquimula, se revela como una brújula ética y pastoral capaz de articular fe y acción social, convirtiéndose en una guía verdaderamente transformadora cuando se enraíza en la vida local. Sus principios universales, lejos de permanecer en el plano teórico, se encarnan en el contexto concreto e iluminan respuestas frente a los desafíos de la pobreza, la migración y la dignidad humana. Una lectura contextualizada permite, así, promover iniciativas culturalmente pertinentes, sostenibles y transformadoras; afrontar la pobreza con compromiso colectivo y mediante políticas públicas justas; comprender la migración no solo como problema, sino como un llamado a la creatividad pastoral y a la defensa de los derechos humanos; y reconocer que la dignidad humana, como principio innegociable, orienta toda acción hacia la inclusión y el respeto mutuo.
En este proceso, la parroquia –como espacio de encuentro, organización y articulación comunitaria– asume un papel central al integrar la participación comunitaria, el desarrollo sostenible, el respeto a la riqueza cultural maya K’iche y la defensa de los derechos fundamentales, fortaleciendo la cohesión social y generando alternativas que permitan a las personas vivir con dignidad en su propio territorio. Defender la dignidad, núcleo y horizonte de toda acción pastoral, implica no solo reconocer ese valor intrínseco, sino también reconocer a cada persona —especialmente a quienes viven en situación de pobreza o migración— como sujeto de derechos, promoviendo una pastoral intercultural que respete la identidad, la lengua y las tradiciones del pueblo maya K’iche’ y que construya puentes entre la fe, la cultura y la vida cotidiana.
De este modo, la DSI no solo orienta la acción social, sino que fortalece la conciencia de ser pueblo, donde la diversidad se vive como riqueza, la identidad como proceso dinámico y abierto, y la justicia como compromiso común, animando la construcción de una comunidad más justa, solidaria y profundamente humana, en la que se honre la dignidad de cada persona pobre y migrante.
[1] Para facilitar la lectura de este ensayo, emplearé la abreviatura DSI para referirme a la Doctrina Social de la Iglesia.
[2] El pueblo K’iche’ es un pueblo originario de la familia maya; su lengua, el K’iche’, significa ‘muchos árboles’. Además de hablar español, conservan prácticas culturales, religiosas y sociales muy arraigadas. Constituye uno de los grupos mayas más numerosos de Guatemala y vive principalmente en el Altiplano guatemalteco, una región montañosa y volcánica del centro‑oeste del país. Esta zona incluye los departamentos de Quiché, Sololá, Totonicapán, Chimaltenango y Quetzaltenango, y se caracteriza por su clima templado‑frío, sus lagos y volcanes, y una fuerte identidad maya.
[3] La Parroquia de la Natividad de la Virgen María es una obra y misión jesuita de la Provincia Centroamericana de la Compañía de Jesús desde 1987.
[4] La mayor parte de la población del municipio pertenece a la comunidad lingüística K’iche’ del pueblo maya en un 99 % y el 1 % a la población no indígena (INE 2002). Cfr. Información demográfica de Santa María Chiquimula, Totonicapán, https://sistemas.segeplan.gob.gt/sideplanw/SDPPGDM$PRINCIPAL.VISUALIZAR?pID=POBLACION_PDF_806 Consultado 27/I/2025, p. 5.
[5] Fred Kammer y Avelino Chico, “Doctrina Social de la Iglesia y migración” en Teaching Tuesdays, Roma, 2025, p. 2.
[6] Ibidem, p. 1.
[7] Según datos de SEGEPLAN, Santa María Chiquimula en Totonicapán presenta una de las tasas de pobreza más altas, con un 87,5 % de su población en condición de pobreza y un 35 % en pobreza extrema. Además, el municipio registra una alta tasa de desnutrición crónica (72,7 %), siendo una de las más elevadas del departamento. Cfr. Información demográfica de Santa María…, p. 5.
[8] Fred Kammer y Avelino Chico, “Doctrina…”,p. 2.
[9] Ibidem, p. 1.
[10] Papa Francisco, Fratelli Tutti, n. 118, citado en Fred Kammer, “Dignidad humana” en Teaching Tuesdays, Roma, 2025, p. 1.
[11] Idem.
[12] Fred Kammer, “Dignidad humana” en Teaching Tuesdays, Roma, 2025, p. 2.
[13] Ibidem, p. 5.
[14] Idem.




