Domingo XXXII Ordinario (25 de octubre de 2026), Ciclo A (Mt 22, 34-40)
¡Prioridades! Vivimos en prisas, corriendo de arriba a abajo, estresados por el tormentoso tráfico de las ciudades, manejamos a la defensiva de imprudentes conductores; creemos tener una inteligencia multitasking, cada tarea del día es urgente y requiere la máxima premura… qué el súper, qué las cuentas, qué el correo que no hemos respondido, qué el trabajo que no tenemos terminado, qué la catequesis que llevamos atrasada, qué la limpieza de casa de la que nadie se preocupa. ¡Prioridades —clamamos—, prioridades!
Este clamor es quizá el que se esconde detrás de la pregunta que hoy en el Evangelio el doctor de la ley le hace a Jesús. Al ver que había denunciado las hipocresías de los saduceos, el fariseo cree ver en Jesús un hombre sin complejos, capaz de ir al punto, sin perderse en la infinita interpretación de la Ley. Pregunta a Jesús porque no quiere más interpretaciones, desea escuchar algo concreto; no tiene tiempo que perder; desea priorizar lo más importante del Mandamiento de Dios: ¿cuál es el más grande?
Jesús responde brevemente; su respuesta no se aleja de la tradición que tanto él como el doctor ya conocen: Amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. Esto es lo más grande de la Ley de Dios. Y, sin embargo, la lacónica respuesta de Jesús encierra una complejidad que quizá el doctor no quisiera enfrentar. No hay caminos cortos hacia Dios, no existen los atajos ni es posible abreviar el Evangelio. Lo más prioritario para el seguidor de Jesús es que hay que perder el tiempo priorizando las relaciones con el prójimo, así como se prioriza la relación con uno mismo.
Esta es la buena noticia de este domingo. Vivir el Evangelio no es tachar una casilla de nuestro checklist del día a día. Es no vivir con prisas, queriendo resumir toda la experiencia de salvación en algún slogan o en una fórmula que sintetice todo. El Evangelio no ahorra camino ni administra recursos; el Evangelio pide a la persona entera. Mientras el fariseo pide «simplicidad», ¿qué es lo más importante para Dios? Jesús anuncia «complejidad»: amar… a muchos y de muchas maneras. El amor no es un requisito que se cumple; es una forma de vivir, y mientras tengamos vida, será nuestra manera de existir y de realizarnos.
¡Prioridad! Pide el doctor. ¿Qué mandamiento es el más importante, Señor? Y así poder seguir con el trajín de cada día. Ningún mandamiento es prioridad, responde Jesús. Lo más importante de mi Evangelio son las personas y las relaciones que establezcas con ellas. Ámalas, así como amas a Dios; ámalas, así como te amas a ti mismo. Esta es la única prioridad evangélica; en esto se funda cualquier ley divina y cualquier acción profética. Porque sin amor, nada eres.
P. José Javier Ramos Ordóñez, SJ


