En este texto, Víctor Portillo, S.J., comparte su experiencia acompañando el Mochilazo de jóvenes de la Pastoral Juvenil de la Parroquia Santiago Apóstol, en Honduras. Desde la preparación de las maletas, el retiro espiritual y las preguntas que guían hasta el recorrido por las montañas, Víctor recoge las experiencias en camino y comunidad para recordar que la pausa y la desconexión sirven para recobrar sentido de disposición en la misión.
Un mochilazo es olvidar todo el estrés de la ciudad y el ruido del mundo y abrazar la paz de la montaña. Quizá, por eso a Jesús le gustaba tanto irse al monte a orar; ahí se encontraba con Dios y consigo mismo; es ahí donde recobraba las fuerzas suficientes para estar a la disposición de su gente.
En palabras de Delmer Cardona (uno de los jóvenes guías de la comunidad de Coyolares 1): “El Mochilazo fue una experiencia llena de alegría, fe y fraternidad, donde compartir con jóvenes y diferentes familias de las comunidades nos enseñó que el amor de Dios nos une, que cada encuentro deja una huella en el corazón y que juntos podemos construir una comunidad más solidaria y misionera”.
El Mochilazo inicia con la preparación de la maleta, la disposición mental para la caminata y un retiro espiritual que busca responder a las preguntas: ¿a dónde voy? y ¿a qué? Y esto es lo que se convierte en centro y meta. El estar y compartir con las personas, lugares y momentos con los que nos vayamos encontrando.

Respecto a mi proceso vocacional, puedo decir que el Mochilazo me ayudó a tener paz, a ver las cosas con más serenidad y desde Dios, gustando aquello que la gracia de Dios me está pidiendo desde lo más hondo de mi alma, sentirme acompañado y poder acompañar; saber hacer pausas a la sombra y conversar sobre la vida y las preocupaciones con los guías y los muchachos; saber ir adelante para orientar, atrás para acompañar al último y en medio para escuchar las inquietudes y las bromas de quienes van serenos y a gusto. En fin, el Mochilazo fue un regalo, por las sonrisas de los niños, por las lágrimas de los viejos, por el cansancio, por los paisajes hermosos, por los frutos de la tierra, por la amistad que es un don.


La experiencia más mística que viví en este Mochilazo fue el penúltimo día, cuando dejamos la comunidad de Tierra Agria, al pie del cerro de las Tres Marías, con un atardecer maravilloso y una vista impresionante. Lo no tan bueno es que nos hacía falta caminar bastante y ya era tarde… y cuando ya estábamos cerca de la capilla, a unos 20 minutos, el cielo se puso oscuro y empezó a llover cada vez más y más intensamente. Íbamos por grupos, unos con capotes, otros con sombrillas y otros sin nada.

Pero lo que más me sorprendió es que, a pesar de la intensa lluvia y la oscuridad, al final venían algunos jóvenes cantando, y dije: ¿Por qué cantan? Pero luego me uní a ellos. En ese momento entendí que, a pesar de la tormenta y de la oscuridad, nunca hay que perder el deseo de cantar y de sonreír un poco, porque la luz no viene de fuera. Esa luz de Dios ya está dentro de nosotros y nos permite irradiar todo lo que está a nuestro alrededor. Al final, al día siguiente todos nos despedimos sabiendo que cada uno llevaba un pedacito de alma del otro.
Fotografías: Cortesía Facebook Pastoral Juvenil Santiago Apóstol




