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En ocasión de la fiesta de Ntra. Sra. de La Merced, Manuel González Asturias, S.J., nos regala un retrato cercano de la parroquia La Merced, en el corazón de la Ciudad de Guatemala. A través de la imagen de una casa familiar (viva, abierta y compartida), Manuel reconstruye la historia del templo confiado a la Compañía de Jesús desde 1853 que hoy más que nunca se mantiene firme en su misión de acompañar y llevar el Pan de Vida.

Hay una casa a la que se llega sin avisar. No hace falta tocar el timbre ni explicar el motivo de la visita. La puerta está siempre abierta, el comal a fuego lento, y en la mesa siempre hay espacio para un plato más. Sí: es la casa de mamá.

A ella se llega cansado o con hambre, con una noticia buena o con una herida que no se sabe nombrar. Se llega solo, o acompañado de ese amigo que “no tenía dónde almorzar”. Ella no pregunta primero ¿por qué venís así?, sino ¿ya comiste, mijo? Y en esa pregunta pequeña cabe todo el Evangelio: aquí siempre hay lugar todos. ¡Qué dichosos somos de poder acudir a la Madre de Jesús! Su casa no tiene horarios de oficina. Ha estado abierta para cada generación, para todo peregrino, para todos sus hijos e hijas.

La Parroquia de La Merced, en el corazón de la Ciudad de Guatemala, lleva un nombre que ya es una promesa: Merced, misericordia hecha don. La devoción a Nuestra Señora de la Merced nació, en el siglo XIII, del corazón de quienes vieron a sus hermanos encadenados y decidieron que no podían quedarse sin hacer algo por ellos. Los mercedarios llegaron a ofrecerse a sí mismos a cambio de los cautivos.

Desde 1853, esta casa ha sido confiada al cuidado de la Compañía de Jesús. Más de un siglo y medio de custodia son muchas Eucaristías, comunidades, procesiones, rezados y oraciones y, especialmente, encuentros entre personas de muchas partes de Guatemala y Centroamérica que vienen en búsqueda de consuelo, paz y misericordia. Que nuestra parroquia lleve el nombre de la Madre no es un detalle que debamos dejar pasar. Es una manera de decir qué clase de lugar quiere ser: un recinto donde uno puede sentirse en casa. En un país donde tantas veces la vida pesa demasiado, llegar a esta parroquia ya es liberación.

Una parroquia viva es como una familia grande: no la elegimos, sino que pertenecemos a una. Aquí se encuentran los abuelos y los niños, están los jóvenes con sus grandes dudas y creatividades, los y las catequistas con su paciencia, su cansancio y su alegría, y los niños dinamizando con su gracia y alegría los rinconcitos de nuestra Parroquia. Esta familia camina en misión. Sale al encuentro de la vecina enferma, del barrio que no llega al templo, del que se ha alejado… llevando a Jesús, Pan de Vida, a quien lo necesite y la ternura de la Madre mercedaria. En ese sentido, la parroquia guarda un tesoro más grande que toda su ornamentación barroca: la fe que pasa de abuelas y abuelos a los nietos, de padres a hijos, de profesores a alumnos, de catequistas a los más jóvenes en la fe, esa misma que se transmite en gestos: la mano que enseña a persignarse, la vela encendida en silencio, la oración frente a Jesús Nazareno de la Merced, a San Judas Tadeo, y a los santos de devoción. Por eso importan tanto los ritos y las fiestas. No son costumbre vacía; son la manera en que un pueblo reconoce y celebra el paso de Dios por su barrio, enseñados bajo la tutela de Nuestra Señora.

Esa misma casa abierta envía hacia afuera, porque también hoy hay cautivos: las familias que migran porque quedarse ya no es posible, los jóvenes atrapados entre la violencia, los vicios y la falta de oportunidades, las mujeres silenciadas, los presos y enfermos olvidados, los pueblos originarios que aún esperan que se reconozca del todo su dignidad y participación. Guatemala y Centroamérica cargan la memoria de conflictos que dejaron muchas heridas, y una Iglesia que tuvo mártires por estar cerca del pueblo. Ante ese dolor, La Merced recuerda su nombre: ser lugar donde el desamparado encuentra a alguien que acoja y acompañe amorosamente.

Para nosotros los jesuitas, custodiar esta casa es un regalo, pues nos permite acompañar y presenciar, en muchas ocasiones, el encuentro de Dios con su Pueblo y las gracias de la Madre con sus hijos. Esto nos evangeliza, en modos que muchas veces nos sorprende, y nos hace creer profundamente que el trabajo por el Reino ―desde nuestro modo de proceder y desde la vocación que hemos elegido― es una gracia que recibimos y que, por tanto, nos pide responder del mismo modo que lo hizo nuestra Madre: “Hágase en mí según tu palabra” (cf. Lc 1,38). Fue ese el modo de vivir que Jesús, pobre y humilde, seguramente aprendió en Nazaret, en la casa de una mujer que cantó que Dios “derriba del trono a los poderosos y eleva a los humildes” y que “guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 1,52; 2,51). De María aprendió a mirar a los más pequeños. De sus manos aprendió el trabajo y el silencio, y en su abrazo aprendió lo que es ser amado sin condiciones.

Por eso, junto a la Madre, nos toca a todos una conversión común, sacerdotes y fieles, jesuitas y parroquianos. Se trata de vivir con sencillez y compartir lo que somos y tenemos, de escoger los lugares pequeños, de servir sin hacer ruido y de estar cerca de los cautivos de hoy, como ella lo estuvo al pie de la cruz. Ojalá que, caminando juntos, cada año nos descubramos un poco más pobres y humildes, y por eso un poco más libres.

San Ignacio, en la Cuarta Semana de los Ejercicios, contempla a Cristo resucitado haciendo “el oficio de consolar” (EE 224). Ese oficio, aprendido de una Madre, es el que hoy nos toca. Continuar esa misión es nuestra misión.

Que esta parroquia sea, para Guatemala y Centroamérica, casa de consuelo y puerta abierta para el cautivo. Que la Virgen de la Merced, madre de los liberados, nos enseñe a acompañar a quien sufre. Y que, saliendo de su casa, llevemos a otros el Pan de Vida, la mano tendida y la Buena Noticia: hay una Madre que te espera, y hay el Resucitado que rompe las cadenas.

Nuestra Señora de la Merced, ruega por nosotros.

*Fotografías: cortesía Manuel Asturias, S.J.

Manuel González Asturias, SJ

Jesuita. Ciudad de La Antigua Guatemala (1995). Crecí y me desarrollé en la Parroquia San José Catedral como catequista, miembro del coro, pastoral de salud y fotógrafo de la Vicaría Episcopal Santo Hermano Pedro. Estudié una Licenciatura en Tecnología Acústica y Sonido Digital (producción musical). Actualmente, estudio el Bachillerato en Filosofía Eclesiástica en el Instituto Superior Bonó, de República Dominicana. Miembro activo de comisión de Nuevas Generaciones de la Conferencia Dominicana de Religiosas y Religiosos (CONDOR), filial Santo Domingo.