La vida de Alonso Rodríguez nos sigue interpelando a las Hermanos jesuitas hoy en día. ¿Cómo? Es que su ejemplo nos llama a ser pacientes, a no desesperar en la llamada que nos hace el Señor e ir a su ritmo. Hoy, en la fiesta de San Alonso, un hermano jesuita nos invita a reflexionar en la vocación y el sentido de la vida en lo divino de lo cotidiano.
Ninguna vida está exenta de complejidad. Tarde o temprano habremos de redirigir el camino y, con la mirada perpleja, seguiremos adelante. No fue distinto para uno de los santos de la Iglesia que recordamos este 31 de octubre: San Alonso Rodríguez, SJ. Nació en el año 1531, de un padre comerciante de tejidos y de una madre que era ama de casa. Rodeado por diez hermanos, no es necesario agregar que formaban una familia grande. Es muy fácil imaginar un ambiente de bullicio continuo, de bromas y lloros, entre juegos y tareas cotidianas. A los trece años habría de separarse de su núcleo familiar para estudiar en Alcalá de Henares. Allí conoció a los primeros jesuitas que, seguramente, causaron una impronta en su vida: El P. Pedro Fabro, SJ y el Hermano Francisco Villanueva, SJ.
Podemos ver a aquel joven Alonso, lleno de vida e inquieto, entablar una conversación con los jesuitas que recién estaba conociendo. En su alma adolescente habrán calado la mansedumbre de un Pedro Fabro, hombre espiritual y de raíces campestres, junto a la delicadeza del Hermano Francisco Villanueva, quien fundó el primer colegio universitario jesuita en Alcalá y del que era entonces su primer rector. Por lo tanto, el Hermano Villanueva fue con seguridad el primer Hermano Jesuita que conocíó el futuro santo. ¿Qué vio en él? ¿Qué llamó su atención? ¿Qué impacto le causó ver a aquellos dos compañeros de Jesús como para tener presente una posible vocación religiosa que se materializaría años más tarde?
Alonso fue profundamente humano y conoció las vicisitudes de la vida de primera mano. Se casó a los veintisiete años con una joven llamada María Juárez. El matrimonio tuvo tres hijos. Murió uno de ellos, luego la hija mayor y así sucesivamente hasta que falleció su esposa, en 1562. El dolor que experimentó aquel Alonso debió ser tormentoso. Un proyecto de vida arrebatado, un hogar deshecho y la sensación de fracaso acuciantes lo llevaron a profundizar en su vida y replantearse el camino. ¿Cómo seguir ante tanta desgracia? Decir que la vocación a la vida religiosa representaba un simple escape para el dolor, resulta degradante para un hombre que vivió con total compromiso una vida marcada por la misericordia, la atención al presente y al amor a las cosas sencillas.
Alonso Rodríguez fue rechazado en un comienzo por la desconfianza de cuatro padres jesuitas. Sirvió como criado, vivió de la caridad y aun con la invitación de un amigo a que hicieran vida eremítica, en el corazón de Alonso se acrecentaba el deseo de entrar en la Compañía de Jesús. La vida de aquel hombre, tan humana, tan repentinamente resquebrajada, en búsqueda y resiliente solamente se fundió más con Jesús de Nazareth. Se salía de los moldes hagiográficos y de los ideales para entrar en la vida religiosa. Sin embargo, aprovechando que se reunía la Congregación Provincial de aquel entonces en Aragón, Alonso pidió nuevamente entrar. Como sabemos, el caso llamó la atención del provincial Antonio Cordesses y lo aceptó, diciendo: “Vaya, recibámoslo para santo”.
La vida de Alonso nos sigue interpelando a las Hermanos hoy en día, porque nos llama a ser pacientes, a no desesperar en la llamada que nos hace el Señor e ir a su ritmo. Nos habla de una mansedumbre que brota de la reflexión de la propia historia, a veces rota y llena de luces y sombras. Nos interpela a no buscar grandezas, sino lo divino en lo cotidiano. Por eso desde la portería de un colegio, ocupación que tuvo hasta su muerte, Alonso nos sigue retando al amor que puede ponerse en cada conversación, consejo o en el anónimo acto de abrir una puerta. Eso fue lo que aprendió en medio del sufrimiento de perderlo todo, siempre habrá una puerta nueva para quienes buscan verdaderamente el sentido para su vida.





