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En un entorno que idolatraba el estatus social, el honor y la fama, Francisco de Borja, en el momento más crítico de su vida, eligió un camino inverso: el servicio. Erick Hernández, S.J., nos invita a recordar el testimonio de este jesuita que hoy sorprende e incomoda, porque en una época obsesionada con el éxito nos obliga a preguntarnos: ¿y si el verdadero éxito estuviera en vaciarse, antes que en llenarse?

Francisco de Borja (1510-1572) nació en el seno de la nobleza española, hijo del duque de Gandía, bisnieto del Papa Alejandro VI y nieto del Rey Fernando. Su educación privilegiada le abrió las puertas de la corte de Castilla, donde muy joven logró ganarse el respeto del emperador Carlos V y su esposa Isabel. En 1529 se casó con Leonor Castro, con quien tuvo ocho hijos. Ambos formaban parte del círculo de confianza de la pareja imperial.

En 1539, la muerte inesperada de la emperatriz marcó un punto de inflexión en su vida. Durante el funeral, le sorprendió profundamente encontrarse con el cuerpo marchito e irreconocible de quien había sido una reina esplendorosa. Esta experiencia le reveló la fugacidad no solo de la vida, sino también de la belleza, la riqueza y los honores. Desde entonces deseó ofrecer su vida al servicio del único Rey Eterno.

Apenas un mes después, la muerte volvió a golpearle con el fallecimiento de su padre y, posteriormente, el de su esposa en 1546. Ese mismo año tomó la firma decisión de seguir los deseos de su corazón: Servir a Cristo. A raíz de su amistad con Pedro Fabro, pidió ingresar a la Compañía de Jesús. Ignacio lo admitió, pero le recomendó discreción: debía arreglar sus asuntos familiares, terminar sus estudios de filosofía, y mantener su estilo de vida para no causar revuelo público por su estatus.

Pronunció sus votos en 1548. Tres años después renuncia a todos sus títulos nobiliarios y fue ordenado sacerdote, integrándose por completo a la orden.  Durante varios años sirvió como cura parroquial. Pronto, su trabajo destacado lo llevó a ser nombrado Comisario General para España y, luego, asistente para España y Portugal. En 1565 fue electo tercer general de la Compañía de Jesús.

Durante los siete años que duró su generalato se dedicó en cuerpo y alma a cuidar del crecimiento de la joven Compañía. Su gestión fue fundamental para la consolidación institucional de la orden y la expansión global de su misión, impulsando la fundación de numerosas universidades, colegios y noviciados tanto en Europa como América.

El 12 de abril de 1671, el papa Clemente X lo declaró santo. Francisco es recordado por su conversión, llena de una profunda humildad, y por su colaboración con el plan de Dios al hacer de la Compañía un regalo para su Iglesia. Su vida es un ejemplo de valentía cristiana: supo responder a la invitación de Dios a pesar de los condicionamientos de su entorno.

Los caminos del Señor son insondables y su voluntad, en ocasiones, nos es revelada por etapas. Anímate a descubrir lo que Dios tiene guardado para ti.