Para el mal, la presencia de Jesús es motivo de confrontación y de gritos, en cambio, para los hijos de Dios, es una presencia que sana y que libera.
Breves comentarios sobre los evangelios dominicales que leemos en nuestra Iglesia a nivel universal.
Para el mal, la presencia de Jesús es motivo de confrontación y de gritos, en cambio, para los hijos de Dios, es una presencia que sana y que libera.
A la lista de aquellos primeros cuatro discípulos, podemos añadir nuestros propios nombres. Porque hoy el Señor también nos invita a nosotros.
Cristo es nuestra fascinación, es nuestro modelo, es el único que podrá transformar nuestro corazón para que amemos y sirvamos.
Aprender el lenguaje de Dios es saber comunicar, desde nuestra propia fragilidad, la vida que Dios quiere ofrecernos.
La gloria de Dios habita entre nosotros, cerca de nosotros, porque no le da miedo ver nuestras injusticias, esas que provocan sufrimiento y muerte.
La más grande revelación de Dios es un niño frágil, necesitado del cuidado de los otros, recostado en el comedero de los animales
El testimonio de Juan sigue siendo luz para todos, ilusiona, inspira, nos mueve a cambiar las realidades de vida que nos separan del Mesías.
Con nuestra vida podemos anunciar que la Buena Nueva, Cristo, habita en medio de los desiertos de nuestras sociedades.
Los cristianos necesitamos estar atentos, despiertos, con los ojos abiertos y de cara al mundo.
Las necesidades de los pequeños son siempre nombres y rostros concretos. El juicio final es una buena noticia.