David Chali, prenovicio de la Compañía de Jesús, comparte en el siguiente texto una crónica del inicio del Prenoviciado 2026: silencios, talleres, encuentros, comunidades y peregrinación de quienes subieron la montaña buscando a Jesús para descubrir que, desde el inicio, ya caminaba entre ellos.
Por David Chali, prenovicio
El prenoviciado 2026 comenzó con tres días de taller. Fueron jornadas de oración y diálogo con la propia historia, con los asuntos pendientes, con el cuerpo y entre nosotros. Cada uno llevó un diario espiritual donde registró los movimientos interiores: luces, resistencias, preguntas abiertas. Ese cuaderno se volvió compañero de camino. La peregrinación interior había comenzado.
Pero lo que se descubre en el silencio necesita ponerse a prueba afuera. Por eso el proceso continuó con el mochilazo: cuatro días recorriendo comunidades del sector de Coyolar, de la Parroquia Santiago Apóstol de Yoro.



Desde el inicio comprendí que no se trataba solo de caminar kilómetros, sino de aprender a caminar acompañados. Emprender la ruta exigió confianza en quienes nos guiaban y apertura ante lo imprevisto. Las mochilas llevaban provisiones e ilusión; este peso nos recordaban que no se camina solo para uno mismo, sino también para los demás.
El primer día fue intenso. Comenzamos con buen ánimo y terreno favorable. Doña Suyapa y su familia nos ofrecieron café de su propia cosecha; ese gesto sencillo marcó el tono del camino. Aunque esto era solo el comienzo. Más adelante tuvimos que ajustar la ruta porque los ríos estaban crecidos. Lo que parecía una caminata de cuatro horas se convirtió en casi nueve: cerca de trece kilómetros entre montañas, ríos y cafetales.
Más tarde, un desvío nos hizo perdernos en un cafetal. Durante un par de horas hubo desorientación, mucho lodo y cansancio. Nos ayudamos con las mochilas y seguimos confiando en que la senda aparecería. Finalmente apareció el camino y, poco después, Alfonso salió a nuestro encuentro.
Llegamos a Ranchitas entrada la noche. Nos recibieron con abrazos, café caliente y una sopa reparadora. El agotamiento se volvió gratitud.

A la mañana siguiente, tras la oración, continuamos hacia Guanacaste. El camino seguía mojado y enchawuitado, pero avanzamos. Juana, Emilia y algunos más salieron a guiarnos; más adelante, Modesto vino a nuestro encuentro. Quienes nos recibían cargaban mochilas, compartían tramo y conversación.
Almorzamos en casa de Modesto. Cada plato fue un gesto de cuidado que agradecimos hondamente. Seguimos hasta La Palma, donde celebramos la Eucaristía con la comunidad. Hubo cantos, testimonios y un compartir sencillo. La alegría y la devoción transformaron el esfuerzo en ofrenda. Allí unimos nuestras oraciones por las familias, los enfermos y las cosechas. El sermón de la montaña comenzaba a tomar forma concreta en nuestros pasos.
Al día siguiente caminamos hacia Coyolar II. Margarita nos recibió con bebidas frescas mientras preparaba el almuerzo. Después de un breve descanso, nos reunimos nuevamente para celebrar la misa, presencia de Dios en el camino de la vida. El frío —inusual en esta zona— nos acompañó también.
Finalmente, en el cuarto día, ya en Coyolar I, la misa dominical reunió en la ermita a muchos de aquellos a quienes habíamos visitado en los días anteriores. Llegamos con bastones, con dolor en las piernas, cubiertos de lodo; pero llenos de alegría.
El Evangelio de ese domingo fue el de las Bienaventuranzas, proclamado en el sermón de la montaña. Jesús puso palabras a la experiencia que habíamos vivido. En cuatro días nos había permitido asomarnos a la riqueza de cada una ellas y gustarlas internamente.
En medio de la caminata, Nicolás dijo algo que me quedó grabado: “Para encontrarse con Jesús hay que ensuciarse los zapatos”. Lo resumía todo. Ir al encuentro del otro exige entrar en su realidad concreta.. Allí comprendimos que las Bienaventuranzas no se contemplan desde lejos sino que se viven paso a paso.
Así comenzó el prenoviciado. Subí a la montaña buscando a Jesús, y poco a poco descubrí que, desde el inicio, ya caminaba con nosotros. El mochilazo puede parecer un reto físico, pero es, sobre todo, una escuela de peregrinación desde dentro hacia fuera.






