¿Qué pasa cuando 33 jesuitas en formación se juntan durante una semana para compartir, rezar, jugar, discernir y mirar juntos el futuro? Del 8 al 15 de agosto, Arena Blanca, en El Progreso, Honduras, fue punto de encuentro para vivir la fraternidad y conocer de cerca la misión en el país. Entre pollo chuco, baleadas, oración, visitas y muchas conversaciones, descubrieron que caminar juntos también es parte de la misión. Kevin Campos, S.J., nos cuenta en esta crónica cómo vivieron el Encuentro de formación – Jesuitas Centroamérica 2026
Bajo el cálido sol de El Progreso, Honduras, el Centro de Espiritualidad Ignaciana de Arena Blanca se convirtió en nuestra casa del 8 al 15 de agosto. Allí nos encontramos 33 jesuitas en formación —escolares y hermanos—, trayendo con nosotros los ecos de las aulas de filosofía y teología; y las labores de los maestrillos y de quienes están inmersos en la misión. Aunque teníamos casa casi llena, extrañamos a Luis Enrique y José Miguel que no pudieron acompañarnos esta vez. Celebramos con alegría las novedades; dimos la bienvenida a Leo como provincial; a Javier, Gonzalo y Augusto, primera vez en estos encuentros; y el ministerio presbiteral de Poncho y Mariano, que nos presidieron la misa del jueves.
Esta semana no fue una agenda cualquiera, sino un verdadero tiempo de gratitud por la vocación compartida, algunos no nos veíamos desde el encuentro allá en el Loyola en El Salvador hace dos años. Poco a poco completamos el aforo durante todo el sábado. Después de las tantas horas de viaje, nos recibieron muy bien en El Progreso con el drinking de bienvenida.



Muy pronto el encuentro tomó forma y profundidad. Leo y Daywing nos invitaron a mirar de frente nuestra fragilidad, contándonos sus principales preocupaciones e invitaciones: ¿Cómo habitamos nuestra vocación hoy? ¿Cuál provincia soñamos desde lo que somos? ¿Qué nos hace ser jesuitas de la provincia jesuita centroamericana? Estas preguntas pusieron sobre la mesa un reto colectivo, personal e institucional, para nuestra identidad. También Martín nos alentó a compartir algunos testimonios como colaboración al trabajo por las vocaciones y juventudes en la provincia.
El lunes, dispusimos el corazón desde la espiritualidad maya. La capilla simbolizó esa gran casa donde Dios, la humanidad, la creación y la historia se abrazan. Con esa disposición, Melo nos ofreció su lectura personal de los 50 años de la provincia: la realidad sociopolítica nos pide hoyrehacer un cuerpo apostólico con espesor espiritual y valentía histórica. Esa llamada a la profundidad continuó con Sariego, quien nos recordó las bases del discernimiento espiritual durante la formación, especialmente en la búsqueda de nuestra segunda vocación y del discernimiento personal compartido.



El encuentro se ensanchó aún más en el almuerzo de ese día en el que compartimos la mesa con la mayoría de los jesuitas en las misiones de Honduras, donde el diálogo intergeneracional nos ayudó a conocernos y reconocernos un poquito más. El miércoles bajamos el ritmo: Goyo nos invitó a pasar por el corazón las mociones recibidas durante el encuentro en un día de oración. En ese recogimiento, los sueños de los más jóvenes se encontraron con sabiduría de los mayores, reconociendo que, aunque caminamos dispersos, lo hacemos bajo una misma invitación.
Pero nuestra espiritualidad también tiene sabor a pollo chuco, baleadas y a Caribe. El jueves en Tela nos recordó que la fraternidad se construye en las cosas sencillas: en pelearse las 4 hamacas; en la tensión de no ganarle nunca a Meme en ajedrez; en los naipes, el jenga y el dominó; en el tan anhelado ¡bingo! del cual me vetaron por suertero; en las bebidas, los bailes y el karaoke que rompían la formalidad; en jugar charadas, hombre lobo, fútbol o voleibol. Esos momentos no fueron simples distracciones, fueron verdaderos altares donde con mucha alegría tejimos la unión de ánimos y la confianza que sostiene y nos sostiene en la misión. Así como en las Eucaristías donde nos juntamos cada día a celebrar la Palabra de Dios entre ritmos centroamericanos.



Antes de partir, tocamos tierra de misión. Visitamos el Instituto y Escuela Bilingüe San José, el Centro Técnico Loyola de Fe y Alegría y el ERIC-Radio Progreso. En la hospitalidad de los laicos y jesuitas de estas obras vimos la misión encarnada y salimos de allí con el corazón inspirado y recargado… y claro: con las invitaciones a volver como profesores, investigadores, comunicadores, pastores, etc. Nos juntamos a dar gracias una última vez en una misa presidida por German y acompañada por la comunidad del San José.
Desde la madrugada del sábado fuimos desgranándonos nuevamente hacia nuestras misiones: a Belo Horizonte, San Luis, Roma, Bogotá, Santa María Chiquimula, San Salvador, Guadalajara, Ciudad de Guatemala, Santo Domingo, Managua, Santa Clara, Ciudad de Panamá, París, Santa Tecla, Yoro y los anfitriones de El Progreso. Despedimos esta nota agradeciendo al consejo de formación por preparar con tanto cariño esta semana y ¡a las 40 comisiones que hicieron lo que pudieron! Nos dispersamos físicamente, sí, pero nos llevamos con nosotros un mismo puesto y una misma misión.
¡Nos vemos en el 2028!



