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En este ejercicio de meditación ignaciana en torno a la Parábola del Sembrador (Mateo 13, 1-23), Alejandro Navarro Cruz establece un diálogo entre las lógicas de optimización de la modernidad y la lógica de la Gracia: desproporcionada, universal y respetuosa de la libertad. A través de la reflexión, concluimos que no puede haber Reino sin libertad.

  1. El método: orar con el cuerpo en el texto

Dentro de la tradición de los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola, existe un momento peculiar en la meditación conocido como el coloquio: el instante en que el orante deja de analizar el texto sagrado y comienza a hablarle directamente a Dios —o a Cristo, o a la Virgen— como se habla con un amigo.1 No es un monólogo piadoso; es un intercambio real donde la pregunta honesta, la incomodidad y hasta la discrepancia tienen cabida. El coloquio ignaciano es, en su raíz, un acto de parresía espiritual: la valentía de presentarse ante Dios sin máscaras y con las preguntas verdaderas.

La meditación que da origen a este texto surgió en ese espacio. El evangelio propuesto era la Parábola del Sembrador (Mt 13, 1–23) y la pregunta que emergió no fue teológica ni académica; fue visceral: ¿por qué siembras así, Dios? Lo que siguió fue un diálogo que transcribo aquí como eje del artículo, porque me parece que su honestidad dice más que cualquier comentario
exegético que pudiera construir alrededor.

MEDITACIÓN · Diálogo ignaciano sobre Mateo 13, 1–23
Alejandro
—Dios, ¿por qué eres así?
Dios
—¿Acaso crees que mis escalas son como las tuyas?
Alejandro
—Deberían serlo, al menos para poder entenderte mejor.
Dios
—En ese caso… mi Palabra y el Reino no llegarían a todos.
Alejandro
—Pero es que, si hablas de sembrar, deberías hacerlo con más cuidado. Con
estrategia. Como se hace, por ejemplo, en el día a día de una finca: cuidando dónde
cae cada grano para no desperdiciar nada.
Dios
—Pues te equivocas. Te equivocas porque mi plan no es la optimización, sino
que el Reino llegue a TODOS. Mi deseo es que cada quien dé fruto según sus
propias posibilidades, su historia y sus condiciones.
Alejandro
—Pero sembrar así, a manos llenas y sin mirar el suelo, significa aceptar de
antemano que habrá quienes no acojan tu Palabra. Significa asumir el riesgo del
fracaso.
Dios
—Exacto. Porque yo los hice libres. Mi amor no se impone, se ofrece. Y es desde
esa libertad que cada uno puede decidir y responder. Si no fueran libres, Daniel,
dejarían de ser mi creación más preciada; esa misma por la que les envié a mi
Hijo y por la que hoy les dejo el Espíritu Santo.

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