En un ejercicio de posicionamiento de lecturas frente a la realidad, Diego Fernando Paz nos invita a dejarnos interpelar por las resonancias del libro «Jesús Hoy» en las realidades de su entorno: su tiempo de misión en Santa María Chiquimula, Guatemala.
Leer siempre enriquece: abre panoramas, plantea nuevos problemas, integra nuevos elementos para ver la realidad, situarse y posicionarse ante ella. Este texto busca recoger las resonancias del libro de A. Nolan «Jesús Hoy» y confrontarlas con situaciones que pasan a mi alrededor.
Leer sin confrontar es mera erudición. Por el contrario, ser solo espectador de la realidad sin un ápice de reflexión y un sano dejarse «conmover» por lo que sucede es renunciar a nuestra vocación humana de pensar, sentir y transformar nuestro entorno.
1) Cosmos: ¿vivo o inerte?
Si hay un dato que ha captado mi atención, han sido los nuevos enfoques de observación del mundo. Son de sobra conocidos los enfoques que nos hablan de la naturaleza como un reloj programado, con unas leyes fijas que la rigen, y la concepción de que aquello que nos rodea es materia “inerte”, en pocas palabras, una visión mecanicista del cosmos. Nolan con admirable agudeza y apertura expone algunos avances científicos de las últimas décadas y subraya que el cosmos entero es “un organismo vivo”,[1] capaz de autoorganizarse y regularse. No es una mera “máquina”, es un organismo en continuo movimiento.
Escribo estos textos desde Santa María Chiquimula, población indígena de tradiciones que se remontan a siglos de historia, con su propia visión del mundo, del hombre y del tiempo. Durante el breve tiempo que he pasado aquí, me he asombrado de sus modos tan particulares de ver el mundo, su organización sabia y eficiente, así como de su fuerte cohesión social. Mucho se puede aprender de nuestros abuelos, en el sentido más afectuoso y sapiencial de la palabra.
Sin embargo, también observo con cierta preocupación la pérdida del amor y cuidado por la tierra. He sido testigo de alguno que otro incendio[2], he escuchado relatos del continuo descuido que se ha tenido por el bosque que pasó en algún momento de ser santuario a fuente de explotación económica por la tala de árboles[3]. Considerar la tierra como organismo vivo, recuperar como valor sagrado el cuidado del bosque, sentirnos parte del universo (como ya lo hacían nuestros antepasados quichés) y como lo sugiere Nolan al final de su libro[4], hacen brotar preguntas que sólo juntos podemos responder: ¿Cómo conciliar progreso y cuidado? ¿Cómo “progresar” sin aniquilar la historia? ¿Cómo estar al día con las novedades del mundo sin perder nuestra identidad?



2) Curar al hombre entero
Otro aspecto digno de mención es la consideración integral que hace del hombre, en especial con relación a la salud. Es reconfortante saber que Jesús vino a liberar y a sanar (Lc 4, 18), que es el médico de almas. Pero también resulta iluminador contemplar cómo vino a sanar al hombre entero (Mc 1, 12), y que aunque profesemos que creemos que estamos integrados de una dimensión física (cuerpo) y una dimensión espiritual (alma) en la práctica tratemos las cosas como totalmente separadas. Nolan advierte que esta distinción moderna no existe en la Biblia.[5]
Cuando el dolor y la enfermedad llegan a nuestra vida, a menudo también vienen acompañados de la queja y el lamento; instintivamente también pensamos en lo que hemos de tomar para “curarnos” (medida necesaria y justa). Sin embargo, también cabe preguntarse: ¿Qué hay detrás de cada enfermedad? ¿Cuál es la causa implícita de nuestros dolores? Sólo si somos capaces de vernos integrados: ¡que somos cuerpo y somos alma! Estaremos abiertos a considerar que en cada enfermedad y dolencia podría estar un mensaje que nuestra psiché nos dice a través de nuestro cuerpo: ¿Una llamada de atención? ¿Un llamado a la calma? ¿Una oportunidad para encontrar y escuchar a Dios?
3) Integración de mística y profecía
En un mundo cargado de polarizaciones, incluso en ambientes eclesiales, me movió mucho la consideración de integración que hace Nolan acerca de la mística y la profecía. Se suele asociar místico con aquello supra-humano, con visiones celestiales extraordinarias, pero que no necesariamente tienen algo que decir al hoy de la historia y de los hombres; y, por otra parte, se suele identificar lo profético con lo polémico o lo subversivo, por no decir con lo calamitoso, el profeta a menudo es considerado alguien que denuncia la injusticia y advierte futuras catástrofes condicionándolas a ciertas prácticas o actitudes.
Observar en la persona de Jesús que en él no se divorcia lo místico de lo profético me resultó bastante iluminador: “Al leer los Evangelios, la impresión general que nos producen es que Jesús fue un hombre muy activo […] Lo que no siempre percibimos es que detrás de todas estas actividades, y sosteniéndolas, había una vida de oración constante y de profunda contemplación”.[6]
Resulta luminoso considerar esto, me hace pensar que no basta denunciar lo injusto, -discerniendo con apertura y sabiduría los modos y lenguajes para hacerlo en el mundo de hoy- sino que para ser coherente con la propuesta de Jesús, para hacer lo que Él hizo no sólo se necesita hablar de Él, sino hablar con Él, y desde Él, acoger, interpretar los desafíos de la realidad.
Esta consideración me invita a integrar en mi vida espiritual, además de mis desafíos reales y retos personales, también los problemas de la comunidad (tala de árboles, armonización de la cultura quiché y la propuesta evangélica), del país (la desigualdad estructural que condiciona el desarrollo de las mayorías), del mundo (el drama de la guerra y la falta de voluntad política para dialogar y encontrar soluciones conciliadoras), no leídos sólo desde mi opinión, sino desde la mirada y la propuesta de Jesús. No es posible ser profeta sin ser místico, es anacrónico ser místico sin ser profeta.


4) Presencia ultrajada
Por último, resonó de modo particular la unión de Dios en la realidad y el universo. Dios no vive en un universo paralelo, está presente en este mundo, aquí y ahora[7]. Mientras escribo esto, me da “mucha vida” encontrar tantos árboles y animales que embellecen estos territorios chapines, no obstante, me cuestiona mucho la práctica de la quema de terrenos: práctica eficaz pero a la larga devastadora de la tierra. Contemplar el suelo ultrajado y ennegrecido me hace preguntarme ¿Por qué no ver también en este suelo un “grito” ahogado, inocente e indefenso de la tierra? ¿Cabe también hoy hablar de abuso de la tierra? Si la belleza de las cosas creadas nos remite a la presencia Dios ¿No estará también esta presencia ultrajada esperando clamorosamente su redención?
[1] A. Nolan, “Jesús hoy”, Ed. Sal Terrae, 2007, pp. 67-68.
[2] Los mismos pobladores afirman que los incendios son provocados ya sea para cultivar o para vender leña. Asimismo recuerdan con cierta nostalgia el amor que tenían sus antepasados por la tierra: los abuelos no sólo pedían permiso a la tierra para cultivar, sino que también tenían rituales propios para implorar la bendición de Dios llegado el momento de la siembra y se manifestaba un reverencial respeto por el bosque.
[3] En estas tierras hay pequeños altares en los cerros en los cuatro puntos cardinales desde donde se ofrecen oraciones a Dios.
[4] Apunta Nolan que “no vivimos en el universo, sino que somos parte del proceso” (Id, p. 221)
[5] A. Nolan, Id, pp. 112-113.
[6] Cf. A. Nolan, Id, p. 101
[7] Cf. A. Nolan, Id, p. 228.





