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A casi 50 años del martirio de Rutilio Grande y compañeros, su memoria permanece como esperanza para profesar una fe comprometida con la justicia y la dignidad. S. José Miguel Guillén, S.J., nos invita en este texto a mantener vivo este testimonio como un compromiso radical con el amor que brota del Evangelio.

Por José Miguel Guillén, S.J.

Después de casi 50 años de aquel 12 de marzo de 1977, cualquiera puede preguntarse: ¿por qué seguir hablando de Rutilio Grande, SJ? La respuesta es sencilla y está cargada de un simbolismo que trasciende lo meramente histórico: porque la vida, pasión y muerte del Beato Rutilio Grande son un testimonio de entrega que inspira e interpela nuestro modo de ser cristianos. Su memoria permanece como esperanza viva para quienes profesamos una fe comprometida con la justicia y la dignidad humana.

Con Rutilio el Evangelio tomó rostro de campesino y campesina. Su predicación se centró en la vida nueva que nacía en racimo: el Reino de Dios sembrado en comunidad, una semilla de esperanza para nuestra gente más pobre. Esa fe encarnada lo llevó a ser profeta de las causas justas y pastor que permaneció junto a sus ovejas heridas, torturadas y asesinadas. Fue un fiel seguidor del Cristo humano y sencillo del Evangelio: el Jesús que a los 33 años, “se jugó la vida y murió por la causa más noble de la humanidad.”

El testimonio del jesuita Rutilio Grande sigue inspirando. Para San Óscar Arnulfo Romero, encontrarse con el cuerpo asesinado de su amigo fue un hecho decisivo en su vida como recién nombrado arzobispo de San Salvador. Del mismo modo, personalmente ver en este hombre un ejemplo de compromiso y amor ante la realidad de sus contemporáneos, ha sido un impulso vocacional que constantemente me invita a ser servidor y amigo de aquellos que más lo necesitan.

Y es que, en el centro de la vida del Beato, no se puede entender el trabajo pastoral y el compromiso con las comunidades campesinas sin el Evangelio. Su “opción primaria y fundamental”, cimentada en el compromiso con la liberación de los pobres y en el deseo de ser fiel a su vocación sacerdotal, es muestra de ello. Desde esa profunda amalgama de fe y justicia, Rutilio anunció una Buena Noticia que resonó con tal fuerza, que la única manera de intentar detenerla fue silenciando su voz de pastor y hermano.

Ahora que recordamos el legado de Rutilio Grande, Nelson Rutilio Lemus y Manuel Solórzano, encontramos en sus vidas una moción clave: su testimonio martirial es una invitación para todos nosotros. En una realidad centroamericana marcada por la inestabilidad, la corrupción y la injusticia, nuestra vida cristiana debe reflejar —con claridad— un compromiso radical con el Amor que brota del Evangelio.

Un compromiso que no puede ser neutral cuando se vulneran derechos, se fractura la institucionalidad y se atenta contra la vida de tantos hermanos y hermanas nuestros. Por esa razón, que el testimonio del Beato Rutilio Grande nos inspire a ser luz en aquellos lugares de frontera y testimonio del amor de Dios que mueve nuestra vocación al servicio entregado, al discernimiento encarnado y a la justicia que nace del Evangelio vivido comunitariamente.

*Para la creación de esta reflexión, S. José Miguel Guillén utilizó referencias a los siguientes textos:

Cardenal, Rodolfo. Rutilio Grande: Vida, pasión y muerte (edición corregida y aumentada). San Salvador: UCA Editores, 2015.

Carranza Oña, Salvador. Vidas encontradas. San Salvador: UCA Editores, 2015.