A veces la vida se parece a un desierto. Las preocupaciones queman y la paz o la alegría parecen apenas una ilusión. Sentimos entonces una necesidad profunda de alivio. Algo de esa sed aparece en el encuentro entre Jesús y la mujer samaritana en el evangelio de este domingo (Jn 4, 5-42). Ella llega al pozo buscando agua, como cada día, pero Jesús la invita a mirar más hondo: hay una sed en el corazón que nada termina de saciar. Es la sed de sentido, de amor, de una vida que valga la pena.
Jesús no niega esa sed. Al contrario, la toma en serio y le dice que Dios puede convertirla en fuente: «El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás». La fe no consiste en fingir que todo está bien, sino en descubrir que incluso en medio de nuestras búsquedas, heridas y preguntas puede nacer una vida nueva.
Algo parecido había sucedido ya en el desierto, cuando Dios hizo brotar agua de la roca para su pueblo, que se sentía abandonado, como se relata en la primera lectura de este día (Ex 17, 3-7). Y por eso san Pablo, en la segunda lectura (Rom 5, 1-2.5-8), recuerda que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones de manera gratuita y generosa.
Tal vez la fe no elimina de inmediato las dificultades de la vida, pero sí puede hacer algo muy profundo: convertir nuestra sed en un lugar de encuentro con Dios y con los demás, y nuestro corazón en una pequeña fuente de esperanza para seguir caminando en comunidad.





