Cada 5 de noviembre conmemoramos a Todos los Santos de la Compañía de Jesús. La fiesta resulta una ocasión acertada para rescatar algunas reflexiones sobre la santidad, esa realidad que, a menudo, puede parecer lejana o reservada a los altares de las parroquias o capillas. Manuel González Asturias, S.J., nos invita a plantearnos algunas cuestiones en esta fecha: ¿Se puede ser santo hoy?, ¿En Centroamérica?, ¿Qué implica este llamado en nuestros contextos cotidianos?
En el marco del día de Todos los Santos de la Compañía de Jesús, nos detenemos ante una realidad que a menudo sentimos lejana o reservada para los altares de nuestras parroquias y capillas. Sin embargo, la historia reciente de nuestra región nos mueve a plantearnos con urgencia: ¿Se puede ser Santo hoy en Centroamérica? ¿Qué implicaciones tiene esta llamada en mi vida cotidiana, en el contexto de exclusión que nos rodea y en el seno de nuestra Iglesia que peregrina en estas tierras hermanas?
Desde la espiritualidad ignaciana, nos proponemos ser hombres y mujeres cuya identidad no se define por un estatus, sino por una misión compartida. Como bien definió la Congregación General 32, el jesuita —y por extensión quienes viven la espiritualidad de San Ignacio— es alguien llamado a “entregarse totalmente al servicio de la fe y a la promoción de la justicia, en comunión de vida, trabajo y sacrificio con los compañeros que se han congregado bajo la misma bandera de la cruz”.[1] Esta santidad no es para nada un aislamiento del mundo, sino un compromiso profundo con la historia concreta de nuestros pueblos.
El proceso de reconocer la santidad en nuestra Iglesia es un camino de memoria agradecida. Podemos darnos cuenta de que se trata de personas que no fueron héroes solitarios, sino como testigos de Jesús. Esto implica reconocer que en las historias de estos compañeros jesuitas habitó una profunda fe en el Evangelio. Por eso, es sabio recoger testimonios de otras personas que conocieron a nuestros compañeros, pues en ellos habitan rasgos de Cristo en su trato cotidiano. Como nos recuerda el Papa Francisco, la santidad es el rostro más bello de la Iglesia, una invitación a vivir la existencia como una misión.[2]
En nuestra Provincia de Centroamérica, recordamos con especial fervor al Beato Rutilio Grande (2022) y a los Mártires de la UCA: Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López y López (1989). Sus huellas en El Salvador trascienden fronteras porque sus entregas fueron la confirmación de que “una institución superior de enseñanza e investigación puede convertirse en instrumento de justicia en nombre del Evangelio”.[3] Sus muertes fueron el fruto de un amor que se hizo cargo de la realidad de los más vulnerables.
Abrazar sus entregas hoy significa reconocer que la santidad en Centroamérica pasa por la solidaridad con el pueblo. Ser santo hoy implica “descubrir al Señor y unirnos a Él, trabajando para llevarlo todo a plenitud.[4] Al celebrar a nuestros santos y mártires, pedimos la gracia de no quedarnos en la mera admiración de sus vidas, sino de pasar a la acción, siendo, como ellos, “contemplativos en la acción” en medio de los desafíos de nuestro tiempo.
[1] Congregación General 32 de la Compañía de Jesús, «Jesuitas hoy», en Decretos y documentos anejos (Madrid: Razón y Fe, 1975), D. 2, n. 31.
[2] Francisco, Exhortación apostólica Gaudete et exsultate (19 de marzo de 2018), nn. 9, 25.
[3] Congregación General 34 de la Compañía de Jesús, «La Compañía y la vida universitaria», en Decretos de la Congregación General 34 (Roma: Curia del Prepósito General, 1995), D. 17, n. 8.
[4] Congregación General 34 de la Compañía de Jesús, «Características de nuestro modo de proceder», D. 26, n. 8.





