¿Qué haría Jesús en mi lugar? Esta pregunta transformó la mirada y la vida de San Alberto Hurtado, llevándolo a reconocer a Cristo en los más vulnerables y a convertir su fe en acción concreta. En este texto, Augusto Jarquín, S.J., nos invita a mirar nuestra propia realidad con los ojos de Jesús y a preguntarnos qué significa, hoy, ser verdaderos compañeros en su misión a la luz de la fiesta en honor a San Alberto Hurtado.
Seguirle es la primera acción consciente que experimento como discípulo, una vez que he sido convocado por el Maestro para vivir desde el proyecto de amor que Él me ofrece. El ponerme en camino junto a Él amplía mi mirada; comienzo a contemplar con ojos nuevos la realidad en la que siempre estuve inmerso, pero que ahora, al hacerlo al modo de Jesús, me permite alegrarme o dolerme con ella. Ya no soy indiferente: mi conciencia y mi corazón se mueven a actuar, sintiéndome motivado a compartirme y repartirme en favor de una vida más digna para todos.
Como buen compañero de Jesús, San Alberto Hurtado —el jesuita chileno nacido en Viña del Mar un 22 de enero de 1901 y canonizado por el Papa Benedicto XVI el 23 de octubre del 2005— supo ponerse en camino con el Maestro. Supo acompañarle y dejarse acompañar por Él, lo que lo llevó a vivir un encuentro transformador: en una noche fría del invierno chileno, se encontró cara a cara con el rostro sufriente de Cristo en la persona de un anciano que no tenía con qué cubrirse del frío. Allí, él se preguntó: ¿Qué haría Jesús en mi lugar?
Desde ese momento, su mirada se despertó. Aprendió a ver en cada persona sola, abandonada o pobre; en cada niño huérfano y en cada necesitado de amor, al mismo Jesús que le pedía compañía, compasión, misericordia y un poco de afecto. Redescubrió que solo haciendo el bien a los más pequeños es como se le hace al mismo Cristo; y así, sin esperarlo, uno se vuelve bendito del Padre y digno de santidad.
El despertar de su mirada interpeló su conciencia y movió su corazón, convirtiendo su entera persona en el primer Hogar de Cristo; la primera casa de puertas abiertas para quienes yacían en el camino del abandono, del dolor y de la soledad. Hurtado permitió que su corazón se doliera y confió en que el Señor le indicaría el cómo y el qué hacer por ellos.
En el Padre Hurtado encuentro a un hombre que supo situarse ante la realidad de su pueblo, dando respuestas cristianas concretas a los gritos de dolor y haciéndose cargo de esa realidad. No pasó su vida buscando culpables ni uniéndose a ideologías que nos paralizan en la búsqueda del bien común. Por el contrario, combatió el sistema opuesto al Reino mediante respuestas de amor nacidas desde Dios.
Su misión se volvió cristocéntrica, y fue el mismo Maestro su clave de discernimiento, pues solo desde Dios podemos realizar acciones que perduren y en las que la gente continúe confiando. Mi misión solo toma sentido cuando la llevo delante de Dios, cuando sus deseos se vuelven los míos.
San Alberto jamás se apartó de su Maestro; siempre estuvo aprendiendo de Él, incluso en los momentos de incertidumbre, cuando llegaba el cansancio de la misión o cuando su realidad personal se sacudía al ver tanta injusticia y desigualdad. Su santidad radica en que pudo encarnar los rasgos de un verdadero jesuita: primero, se volvió un «loco enamorado» de Jesús y reconoció que nada se puede hacer sin Él. Entendió que es indispensable la comunicación de la criatura con su Creador y, por ello, fundó una casa para dar Ejercicios Espirituales.
También reconoció que la educación integral de las personas, sobre todo de los niños, los vuelve protagonistas de la transformación social. Apostó por escuelas para los más pobres y comprendió que la organización ciudadana es una oportunidad para posibilitar un futuro mejor.
La santidad de Alberto no nació en la tranquilidad de un templo, sino en la tensión de una vida entregada hasta el extremo, incluso cuando el cáncer de páncreas comenzó a apagar su cuerpo a los 51 años. Hasta el último aliento, su respuesta fue la misma: ¡Contento, Señor, contento!, recordándonos que la verdadera alegría no depende de las circunstancias externas, sino de la certeza de estar haciendo la voluntad del Padre.
¿Cómo no iba a estar feliz Alberto Hurtado, si todo lo que hacía era la voluntad de Dios? Por eso se volvió digno de la santidad y un ejemplo vivo para todos los que deseamos ser compañeros en la misión de Jesús.
Que nuestras vidas, al igual que la suya, sea ese fuego que enciende otros fuegos. Que no nos conformemos con mirar desde lejos, sino que tengamos la valentía de preguntarnos ante cada dolor: ¿Qué haría Cristo en mi lugar?. Solo así, permitiendo que nuestro corazón se dilate hasta el infinito, podremos ser, como él, un verdadero compañero de Jesús en la construcción de un mundo más humano y divino.





