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En la fiesta de San Pedro Fabro, uno de los primeros compañeros fundadores de la Compañía de Jesús, nos disponemos a conocer más de la vida de este pastor de almas que, desde el silencio y el discernimiento, fue pieza clave en la historia de la Iglesia y la Compañía. Cristopher Callejas, S.J., reconstruye fragmentos de una vida marcada por la presencia de Dios en la guía y el acompañamiento.

            La vida de Pedro Fabro es realmente un itinerario espiritual del cual hay que conocer un poco más. Uno de los primeros compañeros que junto a Ignacio fundaron la Compañía de Jesús. Nació el 13 de abril de 1506, en la Alta Saboya, Francia. Y a la temprana edad de los diez años, Pedro quiso dejar el cuidado del rebaño familiar para dedicarse a los estudios, educado bajo la enseñanza de la labranza por sus padres, y con un espíritu ambicioso, en pleno siglo XVI dejó las herramientas del campo para tomar los libros que lo ayudarían a aprender sobre humanidades y retorica[1].

            Fabro saldrá del campo para seguir los deseos de su corazón de instruirse, influenciado por sus tíos priores del primer monasterio de la cartuja de Saboya. Su intranquilidad hará que sus padres lo envíen con esfuerzos a la escuela para seguir, como el escribirá en su diario espiritual “sus piadosas ambiciones”. La piedad popular, el humanismo cristiano, y la escolástica del medio evo, serán las tres dimensiones de la formación que caracterizará el mundo espiritual de Fabro.

            En el proceso de estudios su personalidad se verá influenciada por quienes serán sus compañeros de habitación en el colegio de Santa Bárbara, sin saber que se convertirán en sus compañeros de camino, el navarro Francisco Javier, con quién consolidará una gran amistad; y un vasco mayor, quien más adelante se convertirá en su maestro espiritual, Iñigo de Loyola.

            La vida de Fabro no se conocerá por haber escrito obras científicas, sino por ser un pastor de almas, un apóstol itinerante; reflejando la presencia de Dios a través de sus cuidados prácticos e inmediatos. Este santo me interpela grandemente; un hombre que actuó silenciosamente, sin buscar primeros puestos, fue consejero y pastor de muchos jóvenes que querían entrar en la Compañía de Jesús. Su guía amorosa de Dios expresada en su propia vida le empujará a predicar a los profesores de la universidad, y a dedicarse a la guía espiritual de muchos que querían, pero no sabían cómo encontrar la voluntad de Dios.

            Un reformador espiritual, enviado a Alemania para dialogar con el protestantismo, reconoce en su camino espiritual que para reformar el mundo, primero debe reformar su vida interior, para eso reconocerá que el lenguaje, su modo de pensar y su sensibilidad deben ir en sintonía con una vida apostólica contemplativa, además reconocerá que la obediencia será una práctica que debe tomar en las diversas misiones que le tocará asumir en plena crisis eclesial debido a los problemas pastorales que la iglesia estaba experimentando.

            Pedro Fabro me interpela personalmente por su modo de proceder, muy influenciado por Ignacio en temas de conversación, amistad y vida espiritual. En Fabro puedo encontrar la invitación a volver siempre al “arte del discernimiento”. Su experiencia religiosa y mística puede ayudarnos hoy en nuestra vida cristiana[2]. En Fabro encuentro la llamada a revisar siempre la vida espiritual, para evitar “observar los defectos de los demás, a sospechar de ellos y condenarlos” se trata de una llamada a una escuela que posibilite la auténtica “amistad en el Señor”.

Bibliografía:

Leitner, Severin. «Fisionomía espiritual de Pedro Fabro». Revista de Espiritualidad Ignaciana 36, n.º 109 (2005): 1-25

Gómez-Puig Gómez, Enrique. «Pedro Fabro, un modelo inspirador para la cultura de nuestro tiempo». Ignaziana: rivista di ricerca teologica, n.º 18 209-272 (2014): 209-272.


[1] Severin Leitner, «Fisionomía espiritual de Pedro Fabro», Revista de Espiritualidad Ignaciana 36, n.º 109 (2005): 3.

[2] Enrique Gómez-Puig Gómez, «Pedro Fabro, un modelo inspirador para la cultura de nuestro tiempo», Ignaziana: rivista di ricerca teologica, n.º 18 209-272 (2014): 247