La mujer cananea era extranjera, mujer y, para muchos, alguien cuya voz podía ser ignorada. Pero ella insistió, atravesó fronteras y puso su confianza en Jesús. Su historia también nos mira hoy: ¿a quiénes dejamos fuera de nuestras mesas, nuestras comunidades y hasta de nuestra fe? Te presentamos la siguiente reflexión de Alejandro Navarro Cruz: Una mirada al Evangelio desde la sociología para descubrir que la fe también puede romper muros.
El Evangelio de este domingo (Mateo 15, 21-28) nos sitúa en una escena de profunda densidad humana y social. Jesús se retira hacia la región de Tiro y Sidón, y le sale al encuentro una mujer cananea que rompe el silencio con un grito de auxilio:
«¡Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio».
Para comprender la magnitud de este gesto, conviene mirarlo con ojos sociológicos. Esta mujer ocupaba un lugar de doble exclusión en la sociedad de su tiempo: era mujer y era extranjera (pagana). En las estructuras patriarcales y etnocéntricas del siglo I, su voz no tenía legitimidad. Era, en términos actuales, una persona invisibilizada por las costumbres, las jerarquías de género y las fronteras étnico-religiosas.
Esa experiencia de doble discriminación no es lejana a la realidad centroamericana. En nuestras sociedades, millones de personas —especialmente mujeres indígenas, afrodescendientes, migrantes, campesinas o habitantes de zonas periféricas— siguen ocupando posiciones de exclusión múltiple. El relato de la cananea nos obliga a preguntarnos: ¿a quiénes estamos haciendo invisibles hoy en nuestras comunidades, iglesias y estructuras sociales?



