A 43 años de su desaparición, la vida del P. James «Lupe» Carney, S.J., sigue interpelando a quienes buscan vivir una fe comprometida con la realidad. En este texto, a la luz de esta conmemoración, Benjamín Sánchez, S.J., recupera la memoria del P. Lupe y su cercanía con los campesinos hondureños para preguntarnos qué significa hoy “encargarnos de la realidad” y hacer del Evangelio un compromiso concreto con quienes más lo necesitan.
El P. James Carney, conocido como el P. Lupe, fue un jesuita nacido en Chicago en 1924. Ingresó a la Compañía de Jesús en 1948. Durante su formación conoció la misión de Yoro, en Honduras, y en 1961, año de su ordenación, fue destinado a dicha misión. En su paso por Honduras trabajó en las zonas de Minas de Oro, Sulaco, El Progreso y Tocoa. Más adelante, hacia 1979, conoció Nicaragua, donde escribió sus memorias y colaboró con campesinos del norte de ese país.
Podemos destacar dos rasgos fundamentales de su misión en Honduras, fruto de una experiencia profunda de Dios en su vida:
- El trabajo cercano con las comunidades campesinas.
- Su compromiso radical entre el Evangelio y la vida cotidiana.
Este camino significó una apertura sincera a la renovación que el Concilio Vaticano II había propuesto a la Iglesia: escuchar los signos de los tiempos y atender los problemas que padecían nuestros pueblos. El P. Lupe comprendió que vivir el Evangelio exigía pasar de un simple “ser” a un “hacer” comprometido (Lc 10, 25-37). Se preocupó por la gente de Honduras del mismo modo en que el P. Ignacio Ellacuría invitaba a no sólo hacerse cargo de la realidad, sino también a cargar y encargarse de ella.
Encargarse de la realidad fue, precisamente, lo que encarnó el P. Lupe. Su compromiso con los campesinos hondureños brotó de la mirada compasiva de Jesús. Fue anunciador de una espiritualidad encarnada y de un Cristo que proclama y denuncia la liberación de los más empobrecidos. Comprendió, además, que era necesario dialogar no sólo con la teología, sino también con otras ciencias, como la sociología y la política, para denunciar las injusticias de estructuras humanas que fomentan actitudes egoístas y contrarias a la comunidad.
Este año se cumplen 43 años de la desaparición forzada del P. Lupe. Su vida sigue cuestionándonos y nos invita a resignificar nuestra existencia cristiana, atendiendo al llamado urgente del Evangelio de encargarnos de la realidad. Hoy no sólo Honduras, sino toda Latinoamérica, continúa clamando por voces proféticas. Campesinos, migrantes, refugiados, familiares de desaparecidos y presos políticos siguen necesitando un P. Lupe que se preocupe por su situación. Ciertamente, podemos rescatar la memoria de tantos hombres y mujeres que han acompañado estos contextos, pero “la mies es mucha y los obreros pocos” (Mt 9, 35-38).
Hoy sigue siendo necesario preguntarnos: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? ¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué estoy haciendo por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo? Todo ello en medio de una realidad mundial convulsa, poco cercana a los necesitados y que con frecuencia se desentiende de ser prójimo.
Recordar a este a compañero jesuita nos coloca frente al compromiso de la Compañía de Jesús de seguir escuchando los signos de los tiempos, viviendo su misión desde las Preferencias Apostólicas Universales (PAU). Una misión que, en comunión con la Iglesia Universal, busca mostrar el camino hacia Dios, caminar con los excluidos, acompañar a los jóvenes y cuidar la casa común. Es la invitación de Jesús a anunciar el Reino de Dios allí donde la Compañía este presente, así como lo hizo el P. Lupe.
Para nosotros, jesuitas, recordar al P. Lupe es traer al corazón nuestro compromiso de fe y la promoción de la justicia que esta fe exige. Es discernir nuestra presencia allí donde más se necesita el Evangelio, siendo coherentes con la Fórmula del Instituto y con la invitación a sentir con la Iglesia, desde nuestro ser sacramental y espiritual.





