Perdonar siempre suena imposible, pero el Evangelio propone algo mucho más radical: romper con la lógica del rencor y abrir caminos de reconciliación. En esta nueva lectura sociológica del Evangelio, Alejandro Navarro Cruz reflexiona sobre el perdón como experiencia de fe y como fuerza capaz de sanar vínculos, reconstruir comunidades y transformar una Centroamérica marcada por heridas y divisiones. Una invitación a mirar el perdón de otra manera.
El Evangelio de este domingo (Mateo 18, 21-35) aborda una de las tareas más complejas, difíciles y profundamente humanas de la vida cristiana: la capacidad de perdonar.
El texto comienza con una pregunta de Pedro que refleja muy bien la mentalidad con la que frecuentemente intentamos gestionar nuestras relaciones:
«Señor, si mi hermano me ofende o me daña, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
Pedro, con buena voluntad pero desde una perspectiva puramente humana, intenta ponerle números al perdón. Quiere un límite claro, una medida razonable a partir de la cual se pueda dar por agotada la paciencia.
La respuesta de Jesús rompe por completo esa contabilidad:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».
En la simbología bíblica, esto no significa llevar la cuenta hasta cuatrocientas noventa veces, sino perdonar siempre, de manera infinita y sin condiciones.
Desde una mirada sociológica, el perdón no es solo un asunto privado o psicológico. En contextos como el centroamericano, marcados por historias de violencia, desigualdad, conflictos armados y polarización social, el perdón se convierte en una práctica con dimensiones comunitarias y políticas. Sin caminos de perdón y reconciliación, las sociedades quedan atrapadas en ciclos de resentimiento, venganza y fragmentación.
Ver el valor de la persona por encima del daño
Para ilustrar esta enseñanza, Jesús narra la parábola del siervo al que se le condona una deuda astronómica e incalculable, pero que al salir es incapaz de perdonar una deuda insignificante a uno de sus compañeros.
Si hay algo que nos cuesta como cristianos es entender la lógica del perdón porque a menudo lo confundimos con debilidad o con impunidad. Sin embargo, el perdón es la mayor y más extraordinaria manifestación de amor. Perdonar exige una madurez espiritual enorme: implica ser capaces de ver mucho más allá del acto ofensivo en sí y reconocer el valor sagrado de la otra persona, incluso cuando nos ha fallado.
Cuando perdonamos, no estamos aprobando la injusticia ni negando el dolor; estamos eligiendo no quedar encadenados al rencor. Reconocemos la dignidad del otro y, al hacerlo, nos abrimos también a que Dios y los demás reconozcan nuestra propia fragilidad y tengan compasión de nosotros.
En Centroamérica, donde muchas comunidades cargan heridas históricas y actuales (violencia, desplazamiento, corrupción, rupturas familiares), el perdón no puede reducirse a un gesto individual. Es también una práctica social que permite reconstruir la confianza, sanar vínculos y abrir posibilidades de futuro compartido. Sin negar la necesidad de justicia y reparación, el Evangelio nos advierte que sin perdón las sociedades se asfixian en el resentimiento.
La lección de la Cruz
El perdón al que Jesús nos invita no es una propuesta teórica ni una exigencia moralista que Él no haya estado dispuesto a vivir. Ese mismo perdón «hasta setenta veces siete» es el que expresará de forma definitiva en el altar de la Cruz. En medio del desprecio, la negación, la humillación y la tortura, sus palabras no fueron de venganza, sino de misericordia:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
Jesús nos llama a amar de la misma manera en que hemos sido amados y perdonados por Él. Dios nos mira siempre con compasión, cancelando nuestras deudas y dándonos infinitas oportunidades para volver a empezar.
Una vocación profundamente cristiana
La tarea que el Evangelio nos pone por delante este domingo no es sencilla ni cómoda. Va a contracorriente de nuestros impulsos de autoprotección, de nuestro orgullo y de los esquemas del mundo.
Sin embargo, es precisamente en la capacidad de perdonar donde se pone a prueba la autenticidad de nuestra fe. El perdón es el distintivo más claro del cristiano porque es la única fuerza capaz de romper las cadenas del odio, de sanar los vínculos rotos en la comunidad y de reflejar en la tierra el rostro compasivo del Padre.
En una región que necesita urgentemente caminos de reconciliación y de reconstrucción del tejido social, este Evangelio no es solo una invitación personal: es un llamado a ser agentes de perdón y de paz en medio de nuestras familias, comunidades e instituciones.
Notas y referencias
1. Texto litúrgico del XXIV Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A). Lecturas: Eclesiástico 27, 33–28, 9; Salmo 103; Romanos 14, 7-9; Mateo 18, 21-35.
2. La expresión «setenta veces siete» (o «setenta y siete veces», según manuscritos) evoca Génesis 4, 24 (la venganza de Lamec) y la invierte: donde el odio se multiplica, el perdón debe multiplicarse aún más.
3. La deuda del siervo (diez mil talentos) era una cantidad inimaginable. La del compañero (cien denarios) era una suma cotidiana. El contraste subraya la desproporción de la misericordia de Dios.
4. El perdón no niega la justicia ni el derecho a la reparación; lo que rechaza es la lógica del rencor que perpetúa el ciclo de violencia.
5. Sociológicamente, el texto dialoga con las heridas históricas y actuales de Centroamérica (violencia, polarización, desplazamiento) y propone el perdón como práctica social de reconstrucción del tejido comunitario.




