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A través de una experiencia frente al dolor ajeno, Gonzalo Ortiz, S.J., nos invita a reflexionar en el siguiente texto en el concepto del prójimo: ¿Quién es?, ¿Qué nos dice Jesús?, ¿Por qué nos cuesta tanto encontrarle en los demás?

Hace algún tiempo tuve una experiencia que me marcó profundamente.

Acompañé a un grupo pequeño de personas a visitar a una persona que estaba sola en su casa. Esta persona, además de vivir por su cuenta, tiene discapacidad visual y por una investigación no podía salir de su terreno. Cabe resaltar que esta era una medida preventiva, no había evidencia de que hubiera cometido ningún crimen, nada más una investigación en curso. Ante esta realidad, parece ser que los vecinos y en general las personas de aquella comunidad le dieron la espalda a esta persona, nadie lo visitaba, pasaba el tiempo solo, sin poder movilizarse por su discapacidad y el día que llegamos, se había caído y tenía moreteada la cara y un espasmo fuerte en la espalda.

“¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?” Pregunta el doctor de la ley a Jesús. Ante el “¿Qué dice la escritura?” de Jesús, él mismo se responde: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”, a lo que el doctor de la ley continúa con la siguiente pregunta “¿Quién es mi prójimo?”.

Jesús responde con la parábola del buen samaritano, la cual muchos conocemos bien: un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y unos ladrones le quitaron sus cosas y lo dejaron medio muerto. Pasó por ese camino un sacerdote y luego un levita, ambas figuras con roles en el templo los sacerdotes haciendo los sacrificios y los levitas asistiendo a los sacerdotes. Ambos vieron al herido y pasaron de largo. Pasó luego un samaritano, los cuales eran considerados enemigos ya que, por casarse con con tribus extranjeras que no adoraban al Dios de Israel ni seguían la ley de Moises, eran considerados herejes, infieles y de sangre mixta; este tuvo compasión y lo curó, además lo llevó a una posada y pagó para que lo cuidaran.

Jesús, luego de la parábola, interpela al doctor de la ley preguntándole cuál de esas personas demostró ser prójimo del asaltado por los ladrones. A lo cual respondió: “El que tuvo misericordia de él”. “Vete y haz tú lo mismo”, este cierre de Jesús nos da una pauta sobre cómo debemos comportarnos con los demás. El ser prójimo es más una cualidad interna del que ama a Dios, que una etiqueta que le ponemos a ciertas personas de la sociedad. No es que unos sean prójimo y otros no, que debamos amar a unos y a otros no. No es que tenga un grupo de personas que sean mi prójimo, soy yo el que me hago prójimo de los demás, en la medida en que les demuestro compasión, misericordia y amor.

Volviendo a la historia, como esta persona: sola, abandonada, marginada y despreciada; hay muchas. Privados de libertad, ancianos abandonados, personas en situación de calle, migrantes, personas con discapacidad que no son incorporadas en la sociedad. Vivimos en un mundo generalmente indiferente ante el sufrimiento de los más necesitados. Jesús nos invita constantemente a la conversión. ¿Qué nos hace falta para hacer nuestra esa invitación de Jesús: “Vete y haz tú lo mismo”? ¿Por qué nos cuesta tanto ser o hacernos prójimo de los demás?