Comentario al Evangelio de Mateo 17, 1-9
II Domingo de Cuaresma
Por. P. Mario Miguel Gutiérrez S.J.
El evangelio de San Mateo nos relata en este segundo domingo de Cuaresma, de cómo el Señor se transfiguró ante tres de sus discípulos más cercanos. Jesús los lleva a un monte y allí se manifiesta resplandeciente acompañado de dos grandes personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías, verdaderos íconos de la fe judía. Como si el evangelista quisiera decirnos indirectamente, que en Jesús confluye toda la historia de la revelación, no sólo manifestando su divinidad, sino también el destino del hombre.
La transfiguración es la antesala de la pasión del Señor, como si de alguna manera quisiera instruirnos en que no hay resurrección sin el paso doloroso de la cruz. No hay gloria sin antes haber transitado el drama de la humillación y la persecución. Es la experiencia de la Iglesia en sus primeros años, la persecución y el martirio, pero que no se deja amedrentar, porque sabe que su Señor ha triunfado ante la humillación. Ha vencido a la muerte. La transfiguración es un modo de decirnos, que, si vivimos en amistad con Jesús, ya en esta vida vamos experimentando la fuerza de su resurrección, y la verdad de su divinidad.
Y para decirlo de otra manera, no se puede ser cristiano sin la experiencia personal y única de reconocer en Jesús, al Mesías y Señor, como el Enviado del Padre. Por eso en la base de la fe cristiana no está un código ético, sino el encuentro personal con el Señor y el convencimiento de que Él es el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo. Por esta razón, tampoco podemos decir que el cristianismo es una filosofía, porque no nos adherimos a un conjunto de ideas sino a una persona concreta e histórica: Jesús de Nazaret. La transfiguración es el relato del convencimiento personal, es el don recibido del Padre: el ser puesto con el Hijo.
Como bien advierten los especialistas, san Mateo escribe para una comunidad judeocristiana, judíos convertidos al cristianismo, para los cuales sus referentes son Moisés y los profetas, y de manera especial Elías, a quien esperaban como preludio de la llegada del Mesías. Ahora sin dar la espalda a la experiencia de la antigua alianza, el evangelista abre paso a la nueva alianza, y ahora los referentes serán los Apóstoles, aquellos que conocieron a Jesús de manera muy cercana, y presidiendo en el liderazgo Pedro, quien confirmará en la fe a sus hermanos. Hombres de condición ruda y humilde, pero es a ellos que el Señor escogió para llevar adelante sus designios, ellos serán testigos de su resurrección llegado el momento, por ahora les pide silencio.
La transfiguración revela también el destino glorioso de la humanidad amiga de Dios, en una cercanía tal, que Dios se hace presente en medio de la fragilidad humana, provocando aún en los discípulos el temor, pero que luego será de alegría. Y es esa cercanía y en la humanidad transfigurada de Jesús en la que se esclarece el misterio del hombre, siendo la Iglesia creyente la destinaria de la filiación divina a través del Hijo, y convertida ensacramento de salvación para todos los pueblos, para que a través de ella los hombres que aún no conocen a Cristo se encuentren con Él y resplandezca también para ellos.





