El novicio centroamericano Augusto Jarquín recuerda hoy a San Estanislao Kotska, patrón de los novicios, desde su sencillez y disponibilidad. En este texto, nos invita a reflexionar en la figura de este joven santo jesuita que inspira su tiempo de formación y misión en el noviciado que lleva su nombre en República Dominicana.
San Estanislao de Kostka, el joven novicio jesuita de ayer, me recuerda que la santidad es posible y cercana en el hoy; que pasa por lo humano, nace ahí, florece en lo frágil y en lo cotidiano, y desde ahí se vuelve luz e inspiración para quienes buscan a Dios en el caminar de la vida.
Él no destacó por obras grandes, sino por la hondura con la que vivió lo pequeño: lo sensible, lo discreto, lo que venía silenciosamente de Dios. Me recuerda que, poco o mucho, cuando se ofrece con amor apasionado y recta intención, agrada profundamente al Padre; y que lo sencillo, cuando se acoge con humildad, termina impregnando nuestra vida con el aroma de la santidad.
Como novicio, me impresiona su capacidad de tomar en serio lo que nacía en su corazón. Veo en él a un joven que se dejó conducir interiormente, que escuchó con delicadeza los movimientos de Dios y les dio espacio para crecer. Su disponibilidad y sensibilidad al Espíritu me invitan a cuidar mi interior, a reconocer las mociones que Dios me regala y a confiar en que Él puede hacer mucho con lo poco que soy. Quisiera vivir el día a día del noviciado como una comunicación constante entre el Amado y su amante.
Estanislao me inspira a vivir con plenitud esta etapa. A cultivar una relación familiar con Dios que se exprese en gestos concretos: un trato delicado con quienes comparto la casa, disponibilidad en la misión de los fines de semana y dedicación en los trabajos sencillos que sostienen la vida comunitaria. Me recuerda que el magis se juega también en los servicios silenciosos y en las tareas humildes. Me anima a dejarme sorprender por Dios en lo cotidiano y a vivir desde ya la promesa de los votos, como un sí íntimo que aprendo a pronunciar cada día. Me enseña que la identidad jesuita empieza a formarse en lo pequeño, aquí y ahora.
Su silencio me interpela. Ese silencio real y profundo que le permitió escuchar la voz del Señor en medio de un mundo con sus tensiones y ruidos. Hoy, en un tiempo marcado por la prisa y la dispersión, su vida me invita a detenerme, a quedarme un momento más en oración, a caminar sin ruido, a respirar antes de reaccionar, a calmar el corazón para poder discernir. En ese silencio, Dios reorienta y devuelve a su plan de amor.
También resalto su determinación para acoger lo que Dios le mostraba. Como cualquier joven, tuvo preguntas y temores, pero confió. Cuando sintió la llamada, no dudó ni retrocedió. Su ejemplo me recuerda que lo que brota del corazón merece ser acogido con valentía, porque ahí habla Jesús; que no se trata de buscar señales interminables, sino de reconocer el don ya sembrado y poner los cimientos con fidelidad. Estanislao me enseña a no tener miedo de arriesgar por Dios.
Su vida ofrece un mensaje valioso para los jóvenes: vale la pena escuchar lo que sentimos, pensamos, lo que da vida y enciende el alma. La santidad nace de lo cotidiano; Dios se comunica en deseos sencillos pero verdaderos. Vivir así es dejar que el deseo de Dios se convierta en el propio y responder con fidelidad a lo que va creciendo dentro.
Por eso, no le apuesto a que los jóvenes sean otro Estanislao. Entre las nuevas generaciones es una tentación del mal espíritu querer copiar vidas ajenas, perdiendo la propia esencia y olvidando la gracia única que Dios deposita en cada uno. El Santo jesuita nos hace un llamado a la autenticidad, a mostrarnos tal y como somos, a escuchar la voz que orienta desde dentro. Reconocer que Dios hace futuro conmigo y que el Rey Eternal no se cansa de apostar por mí, de tomar la iniciativa, de desear mi alegría y mi plenitud.
Solo orientando mi vida desde Dios puedo ser un mejor ser humano, y quizá, por gracia, alguien que contagie el olor de santidad donde esté, siendo una pequeña inspiración para quienes buscan sentido y estabilidad. La santidad más verdadera es la que se testimonia con la vida misma, la que deja ver el amor totalizante de Dios.
La santidad también es de lo cotidiano, de lo sencillo, de lo pequeño. Es un regalo que Dios ofrece cada día. Y, con San Estanislao, aprendo a decirle que sí desde lo que soy.





