Mt 14, 22-33 – Domingo 9 de agosto de 2026
La fe católica que profesamos no está lejos de nuestra realidad, al contrario, su vivencia coherente sigue transformando realidades, empezando por los corazones de cada persona. Caigamos en la cuenta de la importancia de asumir nuestra fe como eje transversal de lo comunitario y personal, ¿será que sí estamos conscientes de la complejidad de vivir nuestra fe con coherencia?
En el pasaje bíblico que nos corresponde, existen elementos bastantes gráficos los cuales pueden ser interpretados y así acoger las invitaciones actuales. Jesús se encontraba rodeado de la multitud, les indica a sus discípulos que deben ir a la otra orilla del lago, por lo que deben subir a la barca; mientras ellos atienden las indicaciones, Jesús sube al monte, ora y se prepara para salir al encuentro de quienes ahora se veían en dificultades por la tempestad en la deriva que navegaban; Cristo se hace presente caminando sobre las aguas, el sosiego acaece y así el proceso de consolación acontecerá. Rescatemos unas cuantas imágenes presentes en el relato.
La barca. Desde siglos muy tempranos, se ha asumido la barca como signo de la comunidad eclesial. Somos hijos de un mismo Padre, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, vamos juntos, en comunidad. Si bien es cierto que vivimos nuestra fe en comunidad, también es honesto mencionar la complejidad que ello supone. La condición de ser humanos, frágiles y pecadores nos hermana; vamos por la vida acompañados los unos de los otros, confiados en que nuestra realidad se enriquece al sabernos unidos en la vida verdadera de quien nos ha enseñado el camino para amar.
El monte y la oración. Subir al monte, desde la tradición bíblica, indica el encuentro con el Señor. Es así, que mientras Jesús envía a los otros discípulos a la otra orilla, sube hacia su Padre para encontrarse amorosamente, es decir, sube al monte para orar. Es posible que la multitud y ruidos previos hayan agotado su condición humana, mas no le hayan desanimado para encontrarse con su Padre. Y vos, ¿También dedicas tiempo a encontrarte cotidianamente con el Señor para orar?
Tempestad y tranquilidad. Mientras la comunidad de discípulos está adentrada en el lago, sumándose a ella la tempestad que se ha desencadenado, Jesús se acerca. En la barca afloran las dudas y los miedos, pero Jesús se acerca caminando sobre el mar encrespado: “¡Tranquilos!, soy yo. No temas” Lc. 14, 27b, es la voz del Hijo de Dios que sale al encuentro de ellos. Ir juntos no garantiza un panorama ideal, ni mucho menos lejos de dificultades, pero la clave es siempre colocar a Jesucristo en el centro de la comunidad, de hecho, es por Él que vamos juntos en la barca de la vida. Solo en el Señor podemos encontrar la paz ante tantas tempestades y abrazar la gracia consoladora.
En definitiva, la fe que profesamos la vivimos en comunidad, unidos por el Señor, quien debe ser siempre el centro. La coherencia, asumida desde nuestra fragilidad amada, es posible desde la oración cotidiana que fortalece nuestra espiritualidad, tanto personal como comunitaria. Aunque existan muchas tempestades, incluso algunas aun por llegar, es la presencia amorosa del Señor la que consuela para sosegar así el corazón.



