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Domingo 12 del Tiempo Ordinario – Domingo 21 de junio de 2026

En la lectura del Evangelio de hoy, Jesús exhorta varias veces a “no tener miedo”, esta invitación nos platea una pregunta radical: ¿qué sucede cuando se toma en serio la vivencia del Evangelio? Se nos recuerda que convertirse en seguidor de Jesús en el sentido pleno (a diferencia de ser simplemente un católico que asiste a la iglesia) y difundir su mensaje de amor, justicia y paz, tanto de palabra como en la práctica, será visto por algunos como una verdadera amenaza a la que hay que resistir.

Podría pensarse que el cristiano perfecto es alguien amado y admirado por todos. Contrario a esa expectativa, san Mateo nos dice que es probable que un discípulo o discípula de Jesús sea odiada amargamente por su compromiso en transformar este mundo según el deseo de justicia y fraternidad de Dios.

Ser un cristiano plenamente comprometido implica amar a los demás con el mismo amor que Cristo nos mostró, pero esto no garantiza que seremos correspondidos. No somos cristianos para ser amados y admirados, sino para proclamar, con nuestras palabras y nuestro ejemplo, la visión de una vida plenamente humana que Jesús nos enseñó.

Esto implicará, con frecuencia, cuestionar los estándares inhumanos que suelen prevalecer en nuestras sociedades. Al hacerlo, el cristiano se convierte en un “signo de contradicción” para quienes tienen una visión de la vida muy distinta del mensaje del Evangelio que intentamos vivir. Incluso presentar nuestra postura de la manera más amorosa, pacífica y no manipuladora puede ser interpretado como un juicio negativo por algunos e incitar a represalias de odio, amargura, violencia y, en ocasiones, hasta la muerte.

El Evangelio de hoy nos recuerda que tenemos la responsabilidad de levantarnos y hacernos oír. El mayor peligro no es la pérdida de nuestras vidas, sino que nos dejemos seducir y traicionemos aquellos valores de los que depende nuestra integridad como personas. Salvar nuestros «cuerpos» a costa de la verdad, el amor, la justicia, la libertad o la solidaridad humana: ese es el verdadero peligro. Esa es la verdadera muerte.

No basta con reunirnos una vez a la semana. Nuestras vidas, tanto individualmente como en comunidad, deben dar testimonio visible de justicia, igualdad y dignidad para todos, honestidad, espíritu de servicio, compartir recursos y defender a los débiles y marginados.

Ser testigo vivo de Cristo puede generar cierta hostilidad entre las personas que conocemos. Por ejemplo, puede ocurrir cuando insistimos en ser honestos, en lugar de buscar el beneficio propio; cuando servimos en lugar de manipular a los demás para nuestros propios fines; cuando somos amables y justos con todos, no solo con los nuestros; y cuando defendemos a los inmigrantes y a los forasteros de nuestra comunidad. Es mejor estar bien con Cristo que estar equivocado con la multitud. Para ser un testigo vivo, se necesita confianza en Cristo y en uno mismo, y la convicción de que el único camino que beneficia a todos es el de Jesús.

Y tú, ¿a dónde te lleva la confianza plena en Dios y tu compriso cristiano?

Erick Hernández, SJ

Sacerdote jesuita salvadoreño, psicólogo. Actualmente coordina el Sector de Espiritualidad de la Provincia Centroamericana de la Compañía de Jesús. También trabaja en una parroquia en la costa norte de Honduras.