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En un recorrido que inicia entre la duda y el miedo, Nicolás Ramírez nos traza el camino vivido en su experiencia en el Prenoviciado Jesuita: un camino que no fue ni perfecto ni romántico, pero, con el encuentro consigo mismo, Dios y la comunidad, Nicolás descubrió una transformación con empezó con la simple decisión de atreverse.

Conviértanse y crean en el evangelio (cf Mc 1,15).

A unos pocos días de cerrar la etapa de prenoviciado en Honduras quisiera mencionar algunos detalles de esta travesía:

Entre el miedo y el atrevimiento, recuerdo que tomé la decisión de salir de casa, de mi país, por primera vez, poniendo fin a vínculos muy fuertes y bonitos, con la incertidumbre de saber si tomaba la mejor decisión. Entre la propuesta de amor de un Dios amigo que no impone pero deja inquieto y mi deseo a veces pobre, otras intenso, de querer corresponder. Entre la animación y alegría de algunos y las críticas, burlas, cuestionamientos de otros. Con la acusación de ser un pobre loco desgraciado que no sabe lo que quiere. Así vine a parar en estas tierras, sabiendo que lo único que tenía era el deseo.

Encuentro con uno mismo…

En mi mente figuraban posibles escenas tratando de recrear lo que viviría en los próximos cuatro meses, preparando esquemas a los que estaba acostumbrado. Lo primero fue romper esa burbuja, abandonar mis comodidades, no para borrar lo aprendido sino para sumar nuevas experiencias a las que Dios ya me ha regalado; modos y lugares distintos. En un proceso de introspección me sentí atraído para detenerme frente a mis heridas, descubriendo perspectivas que me ayudaban a ampliar el panorama, como quien sale de su casa y sube a un cerro para ver el pueblo entero, sus derechuras, calles y casas que lo rodean.

Hay historias que no quería desempolvar, deseaba olvidarlas, como quien edita un video o pone filtro a una foto para mostrar solo lo bonito. Una oportunidad para tomar consciencia sobre la intensidad con que vivo mis emociones, dando paso a un equilibrio sano que ilumine también mis capacidades, mis dones, opacados muchas veces por el pesimismo y la negatividad.

En este encuentro conmigo mismo he podido identificar en qué cosas es necesario poner más pasión y reconocer en cuáles he hecho un buen trabajo, he experimentado la alegría de abrazar mi propia historia llena de regalos maravillosos, también mis limitaciones y capacidades, pero sobre todo confiar en la posibilidad de reconstruirla como hace el alfarero con el barro. Descubrir la riqueza que existe en los cambios, aunque a veces difíciles, pero impulsan a fortalecer aspectos personales que no hemos descubierto, claves para encontrar la pasión y el sentido de la vida misma.

Encuentro con Dios…

Frente a esa experiencia he tenido la oportunidad de reafirmar el paso de Dios en mi historia, su cercanía en altos y bajos, en mis tristezas y alegrías, en las personas que he conocido, en las frustraciones tanto como en los deseos de superarme. Ahora resuenan en mi unas palabras que parafraseo de Albert Nolan con su libro “Jesús hoy, una espiritualidad de libertad radical”, que para ser testigos del amor apasionado de Jesús es necesario pasar por una liberación personal; sintiendo y abrazando estas palabras no como una carga sino como esperanza para mi.

Pero ¿cuál era la imagen de Dios en mi mente? Sin duda siempre ha estado representado por el amor, la cercanía, la misericordia, desde un modo más individual. Puedo decir que en este tiempo muchas situaciones en lo cotidiano han suscitado la evocación de su presencia en muchos lugares, personas, momentos, en los que difícilmente lo imaginaba.

En un diálogo interno con Dios, puedo expresarle: Señor dueño de mi vida, amigo, hermano, tu discreción en el paso de mi historia se descubre por la fuerza de tu paz y el fuego ardiente de tu amor, por el desborde de alegría y la fortaleza en los momentos de total desilusión, caminaste a mi lado subiendo montañas, por derechuras bajo la lluvia y el lodo, preguntaste mi nombre, de donde venia, te hiciste compañero, amigo, hermano de comunidad, abriste las puertas de tu humilde casa para ofrecerme descanso, compartiste tu alimento con mucha alegría, con mucho amor, no diste las sobras más bien todo lo que tenias, quisiste que yo me sintiera como uno más de la familia en cada aldea que visitamos.

Cuando mis escrúpulos se exaltaban los callaste con la mirada de tu amor, me propusiste recordar cuanto bien he vivido, cuantas personas me han amado, los dones tuyos puestos al servicio de quienes me rodean, entonces me di cuenta que aun en la tristeza más grande has estado con gran paciencia, con ternura, en busca de mi como la oveja que se había perdido. Debo reconocer a pesar de todo querido amigo, que los ruidos interiores, la locura exterior de un mundo con cambios acelerados a veces cierran mis sentidos, llega la ansiedad, la indiferencia, a tu amor que nunca para, es cuando solo puedo decirte: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero” (cf Jn 21. 15-17)

Encuentro con la comunidad…

No está solo, me han dicho muchas veces, y así lo he escrito en mis apuntes de cada día donde quedan impregnados tantos nombres de personas que he encontrado en el camino. En el viaje hacia muchas comunidades donde fuimos peregrinos, siempre hubo un regocijo interior pero, este lograba su plenitud en el encuentro con familias, mujeres, hombres, niños y niñas, ofreciendo la hospitalidad de su hogar, otras veces reunidos en una ermita por un deseo común.

Algunas veces reunidos en torno al misterio de nuestra fe, otras compartiendo el alimento, escuchando experiencias de vida entre amigos, jugando al fútbol, enseñando a niños, formando a jóvenes, visitando a un enfermo, en formación de laicos comprometidos, caminando por la calle, viajando en un bus, en el parque, en un paseo, ahí viniste cada vez a mi encuentro por medio de la comunidad, de aquellos que se convirtieron en compañeros de camino.

Has querido estar cerca, como un grupo que camina por las montañas, los de atrás se sienten esperados por quienes avanzan, los de adelante con la alegría de esperar a quienes les siguen, y mejor aun caminando al lado conversando juntos. Por medio de la comunidad has querido mostrar la grandeza de la diversidad y pluralidad de tus hijos, los dones que has regalado a cada persona, que en la comunidad misma se descubren, fortalecen y se ponen al servicio de todos.

En los adultos me has mostrado la sabiduría necesaria para el camino de la vida, en la juventud la alegría, el dinamismo requerido para mantener la esperanza en un mundo que deja caer el peso de la desilusión día con día. Esta es mi alegría y esperanza, saber que no eres un Dios que se queda esperando a ser buscado, sino que vienes al encuentro de tus hijos, así como lo hiciste con tus amigos después de resucitar, fuiste al encuentro de los de Emaús, quisiste entrar en aquellas puertas cerradas de quienes se reunían en tu nombre, una alegría que levanta del desanimo, un amor que impulsa a seguir amando, el encuentro que pasa por lo personal, contigo, pero que está incompleto si no se testifica con palabras y hechos a la comunidad, a quienes nos rodean.

Mucha razón hay en decir “no estoy solo, porque el padre está conmigo” (cf Jn 16, 32), porque abrace el miedo para encontrarme con la valentía, pase de la incertidumbre a la confianza, de la desilusión a la ilusión, de la frustración al triunfo, de la tristeza a la alegría, del pesimismo a la esperanza, en el abrazo de la comunidad, de tantos hermanos que recorren caminos muy parecidos al mío, en el consuelo de sus palabras, de sus hechos, en la acción vivificante de tu espíritu que nos capacita, que nos envía a llevar esperanza para quienes no la tienen, tú me acompañaste.

En este caminar he comprendido que para descubrir más el amor de Dios, es necesario ensuciarse los zapatos, llenarse de lodo o barro, aferrandome a estas palabras: “Dios nos resucita”. Porque eso quieres Señor, que vuelva la mirada hacia ti y viva con alegría.