Domingo 31 de mayo de 2026 – Jn 3, 16-18
¿Tienes el corazón dispuesto para acoger al Señor? Hay que partir de dicha pregunta para situarnos ante nuestra realidad de modo crítico y esperanzador. La gratuidad del encuentro con el Hijo posibilita la conversión integral de las realidades personales y comunitarias, para así ser signo del Reino de Dios en medio del día a día. La máxima de la espiritualidad ignaciana que encabeza esta reflexión, en todo amar y servir, es la síntesis interior del proceso de encuentro de la criatura con su Señor; en el número 233 de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio expresa: “conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad”. Conocer internamente -acoger al Señor con el corazón-, gratitud, amar y servir; pueden considerarse los cuatro movimientos existenciales de la criatura para con su Señor.
El Señor ha amado y sigue amando al mundo. Nuestra condición de criaturas va más allá de la reverencia vinculatoria, nos acerca al amor actuante que nos sigue eligiendo en medio de la realidad. Desde nuestra fe, experimentamos cómo el Señor no se desentiende de nosotros, al contrario, nunca nos desampara, nos esperanza y consuela con su amor actuante. Dicho amor supera conceptos vacíos e, incluso, idealizados donde todo es sentimentalismo; para nosotros, Dios es amor, Cristo, el Hijo del Señor hecho carne es amor. Las implicaciones de esta realidad de nuestra fe no son escasas; quien abraza al Amor no camina en soledad, porque sabe de Quién se ha fiado; sentir internamente esta realidad de fe transforma la mirada y nos lanza para amar y servir a los demás.
Nuestro amor, debe ponerse más en obras que en palabras, como enuncia San Ignacio de Loyola en EE [230]. La fe nuestra, si se enraiza desde el Amor, se vuelve amor actuante que transforma realidades. En el texto evangélico de este día se afirma: “todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna” Jn 3, 16b; dicha vida eterna es una gracia dada por el Señor, sería desacertado que la entendamos como un premio recibido dada nuestra vida perfecta. Cada instante de nuestra vida tenemos la oportunidad de profesar nuestra fe en Cristo amando y sirviendo en lo cotidiano, siendo conscientes que el Padre nos ha dado a su Hijo, nos ha abierto el camino de la vida eterna y su deseo profundo es que nos salvemos.
¿Te animas a amar y servir? Si tu respuesta es positiva, desde ya estás dando un salto de fe necesario donde no debes olvidar que todo es gracia, todo el Señor lo posibilita. Quien desea que nos salvemos sigue dando a su Hijo a cada instante, especialmente en cada Santa Misa te espera para que no perezcas y empieces a gustar los frutos de la vida eterna. El amor del Señor sigue renovándose y siendo actual, en cada obra que realizamos en su nombre damos testimonio de fe…Dios es amor.
Afmo. en Cristo
P. Juan Gaitán S.J.





