Domingo 2 de agosto de 2026 – Mateo 14, 13-21
Hay una pregunta que puede cambiar nuestra manera de mirar la vida: ¿qué puedo hacer con lo poco que tengo?
El Evangelio de Mateo 14, 13-21 nos presenta a Jesús frente a una multitud cansada y hambrienta. Los discípulos ven el problema y encuentran una solución aparentemente lógica: despedir a la gente para que cada uno busque por su cuenta qué comer. Jesús, sin embargo, les responde de una manera desconcertante: “No hace falta que se vayan; denles ustedes de comer”.
La respuesta de Jesús también nos alcanza hoy. Porque frente a las necesidades de nuestras familias, comunidades y pueblos, muchas veces pensamos que no tenemos suficiente. “¿Qué puedo hacer yo?”, nos preguntamos. “No tengo dinero, no tengo tiempo, no tengo preparación, no tengo los medios”.
Pero Jesús no pregunta cuánto tenemos. Pregunta qué estamos dispuestos a compartir.
Los discípulos encuentran cinco panes y dos peces. Es muy poco para alimentar a una multitud. Sin embargo, Jesús toma aquello que parece insignificante, pronuncia la bendición, lo parte y lo entrega. Y lo poco comienza a alcanzar para todos.
Aquí está una de las grandes enseñanzas del Evangelio: Dios no necesita que tengamos mucho para hacer grandes cosas; necesita que pongamos en sus manos lo que tenemos.
Quizá en nuestra familia no podamos resolver todos los problemas, pero podemos regalar tiempo para escuchar. Quizá nuestra comunidad no tenga grandes recursos, pero puede acompañar a una persona que está sola. Quizá no podamos cambiar las circunstancias de una familia necesitada, pero podemos acercarnos, compartir un poco de lo nuestro y hacerle sentir que no está sola.
El milagro comienza cuando dejamos de preguntarnos: “¿Qué me falta?”, y empezamos a preguntarnos: “¿Qué puedo compartir?”
Además, Jesús quiso involucrar a sus discípulos. No les dijo: “Yo me encargo de todo”. Les dijo: “Denles ustedes de comer”. La compasión de Jesús se convierte así en una tarea para la comunidad. El hambre del otro ya no puede ser un problema ajeno.
También nuestras familias y nuestras Comunidades Eclesiales de Base están llamadas a vivir esta misma dinámica. Una comunidad cristiana no puede limitarse a reunirse, rezar y escuchar la Palabra. Está llamada a mirar alrededor, descubrir las necesidades de quienes la rodean y preguntarse qué puede hacer.
Tal vez nuestros “cinco panes y dos peces” sean sencillos: una visita, una llamada, un plato de comida, una palabra de ánimo, una oración, unas horas de nuestro tiempo. Puede parecernos poco, pero cuando se entrega con amor y se coloca en las manos de Cristo, puede convertirse en alimento y esperanza para otros.
El Evangelio de hoy nos deja, entonces, una invitación muy concreta: no esperemos tener más para comenzar a compartir.
Miremos nuestra casa, nuestra comunidad, nuestro barrio. Hay alguien que necesita aquello que nosotros quizá consideramos demasiado pequeño para ofrecer.
¿Cuáles son hoy tus cinco panes y tus dos peces?
Ponlos en las manos de Jesús. Él sabrá qué hacer con ellos.
Porque lo poco que se comparte con amor puede convertirse, en las manos de Dios, en abundancia para muchos.


