Lo que Jesús enseñó al doctor de la ley y, a nosotros, no es a cumplir preceptos, sino a vivir desde el amor desinteresado, compasivo y solidario.
Lo que Jesús enseñó al doctor de la ley y, a nosotros, no es a cumplir preceptos, sino a vivir desde el amor desinteresado, compasivo y solidario.
Ahí está la clave: no valemos por lo que hacemos o logramos. No somos mejores por las batallas ganadas. Somos valiosos porque alguien —Dios— ya nos vio, nos nombró y nos quiso primero.
Lo que Dios ha unido no ha de separarlo el hombre. En esta fe que discierne y abre espacios, Pedro y Pablo son auténticos intercesores, columnas de la comunidad eclesial y compañeros en la fe.
Quizás a la novedad que se nos invita en la Iglesia hoy, es a no perder de vista que la vida cristiana siempre tiene una dimensión de encuentro muy personal con el Señor.
Jesús no es una ley impuesta y alejada de la realidad, sino que se presenta cercano al que sufre, presto para dejarse alcanzar por el necesitado.
La fe es la puerta de acceso para recibir el saludo de Paz del Resucitado. Los discípulos son enviados a llevar la Paz a todo el mundo.